«Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios» (Mc 10, 14)

Cuando pienso en la ternura, hay dos referencias que vienen de inmediato a mi mente.

La primera, mis hijos. ¿Cómo podría ser de otra manera?  Su inocencia, su delicadeza, su sencillez. Cada uno de sus pasos avanzando en la vida me inspira un cariño que no podría haber imaginado que pudiera tener antes de ser padre. Además, es ternura de ida y vuelta. Sólo hay que ver su alegría cuando vuelvo a casa de trabajar, cómo la pequeña viene corriendo a recibirme. Cómo me miran, cómo miran a su madre, como si encontraran en nosotros la respuesta al sentido del universo y lo encontraran como algo hermoso y amable. La sinceridad con la que expresan tanto su alegría pura y desinteresada como sus sufrimientos apela al alma de tal manera que no puedes más que alegrarte y sufrir con ellos. El cariño que nos demuestran a cada momento con su dulzura hace olvidar cualquier mal rato pasado.

La segunda referencia es una pequeña monja canonizada recientemente y que fue a llevar consuelo y paz a los destinados a morir en las calles de Calcuta, peor que animales, rechazados por todos. En efecto, hablo de la Madre Teresa de Calcuta. Santa Teresa de Calcuta desde el cuatro de septiembre de dos mil dieciséis. Una monja que recogía a moribundos para cuidarlos en sus últimos días. Para limpiarlos, alimentarlos y, sobre todo, hacer que se sintieran amados. Porque esa es la peor pobreza, como ella misma decía: no sentirse amado. Los cuidaba con un amor que hacía renacer la dignidad que les habían arrancado de cuajo. Ella veía a Cristo en cada una de esas personas y, como tal, le cuidaba. Con cariño, con ternura. Se trataba de un amor que venía de Cristo.

Esas son dos referencias inmediatas que dejan muy claro qué es la ternura y que te apelan, podríamos decir incluso que te desafían, para actuar igual. Sin embargo el gran ejemplo es, ni más ni menos, Jesucristo. Además, él nos da otra clave importante: la ternura no está reñida con la firmeza. Jesús siempre trataba con cariño al pecador que se le acercaba. Recordemos como un caso paradigmático el de la mujer adúltera. La quieren lapidar, pero Jesús la defiende, la trata con cariño. La perdona. Pero la cosa no queda ahí: también le dice que no vuelva a pecar.

Por lo general, esa última frase, «vete y no peques más», se suele olvidar de forma interesada. Nos gustaría que todo se quedara en la parte fácil, la parte blanda. Sin embargo, Jesús plantea su exigencia. Te trata con cariño, y con cariño te indica cuál es tu obligación.

Como un padre con sus hijos.

En sus manos estamos, y son manos de padre amoroso que nunca rechaza a quien le necesita. No le trata como alguien inferior, sino que le eleva a su nivel, al nivel de hijo de Dios.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Jorge Sáez Criado

 

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