«Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: “En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.» Mt 18, 2-3

Así se titulaba una conocida canción de Povia en la que hablaba de la increíble capacidad de sorpresa de los niños. Sólo hay que verlos para darse cuenta de que desde su más tierna infancia se sorprenden de cada cosa que encuentran. Incluso de sus propias manos, las observan como queriendo aprendérselas de memoria, como si cada vez que las miraran descubrieran algo nuevo. Y, ¿qué decir del resto de lo que van viendo? El empeño en observar las flores y tratar de cogerlas para poder mantener junto a ellos esa belleza. Los vivarachos pájaros que parecen responder a la curiosidad de los niños con sus vuelos, cantos y movimientos. Atentos a cada elemento que se cruza ante sus ojos, casi a cada brizna de hierba. Todo es nuevo, todo es mágico.

La tragedia es que, a medida que vamos creciendo, nos vamos acostumbrando a lo que habíamos descubierto, o más bien habíamos creído descubrir. Y digo que habíamos creído descubrir porque con la edad o «madurez» se nos cierran los ojos de tal manera que creemos que ya no nos puede sorprender nada, no nos damos cuenta de la infinita novedad que es la Creación entera. Cada segundo que vivimos, cada milímetro que recorremos, está plagado de las maravillas a las que nos hemos acostumbrado. Interactuamos con otras personas y no somos conscientes de todo lo que llevan dentro, de toda su historia, tanto la pasada como la venidera. No vemos ese brillo en la mirada que a lo mejor ayer no estaba, ni esa sonrisa que posiblemente hacía tiempo que no iluminaba su rostro.

Poco a poco, nos vamos convirtiendo en piedras. Tenemos las cosas muy vistas y necesitamos más emociones, algo que nos haga sentir vivos, algo diferente. Intentamos escapar de la vida monótona y absurda que parecemos llevar. Algunos incluso hacen deportes de riesgo o buscan una salida en las drogas y otras adicciones. Pero la actividad más novedosa, de mayor riesgo y en la que menos nos solemos fijar es, precisamente, vivir. ¿Cuándo fue la última vez que fuimos paseando tranquilamente, fijándonos en los olores de las flores, los sonidos de la calle, las expresiones de la gente que nos vamos encontrando? ¿Cuándo fue la última vez que miramos al cielo y encontramos en las nubes un mundo plagado de formas de todo tipo, como caballos, dragones, y hasta algún que otro rostro conocido? ¿Cuándo, en definitiva, decidimos dejar de maravillarnos por la vida y nos lanzamos a pasar por ella como si tuviéramos prisa de llegar no se sabe muy bien a dónde?

¿No se supone que tenemos que ser como niños para entrar en el Reino de los Cielos? Y, ¿qué tal empezar por volver a sorprendernos de la vida y todo lo que nos depara?

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Jorge Sáez Criado

 

Déjanos conocer tu opinión escribiendo un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s