miraran al que traspasaron

“Conozco a Cristo pobre y crucificado, y eso me basta” (San Francisco de Asís)

 

Es habitual para un cristiano católico ver un Crucifijo: Verlo cada vez que participas de la misa, allí sobre el altar o en algún lugar especial del presbiterio; también las tumbas cristianas suelen consagrarse con la colocación de un Crucifijo de cualquier material; al rezar el rosario, su culmen e inicio es un Crucifijo; sacerdotes, religiosas, laicos todos lo llevamos en nuestro pecho. Estamos tan acostumbrados a ver los Crucifijos que su sentido de fe se ha desfigurado, privando al alma del encuentro con Jesús, clavado en la cruz; lastimosamente también, muchos cristianos ven al Crucifijo como un “amuleto”, creen que portándolo tendrán buena suerte y alejaran los “malos espíritus”. Ante esto, todo católico debería tener como propósito el limpiar la fe y volver la mirada del alma hacia Cristo Crucificado, mirar verdaderamente “al que traspasaron”.

La palabra Crucifijo proviene del latín “crucifixus” que significa “CRUCIFICADO”; desde su significado puedes observar que no se trata de un simple objeto o invento, es EL CRUCIFICADO, es JESÚS CRUCIFICADO. Por eso, cuando la Sagrada Escritura nos refiere “miraran al que traspasaron”, alude también a cada cristiano que contempla con mirada de fe al Crucificado, al Traspasado por la lanza, al Clavado en la cruz, al que con su sangre derramada lavó nuestros pecados… No, no es solo una imagen, sino una realidad de fe y salvación. ¿Alguna vez haz contemplado un Crucifijo con esos ojos de fe? El Crucifijo no es solo un objeto para mirarlo, implica contemplación, recogimiento, amor… Porque nos recuerda que “tanto amo Dios al mundo que envió a su hijo único para que todo aquel que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16).

Personalmente, no solo he experimentado la emoción de contemplar un Crucifijo como si contemplase en ese momento a Jesucristo mismo clavado en la cruz, sino también el haber sido testigo presencial del reencuentro de muchos jóvenes con ese Crucificado luego de haber recorrido y reflexionado su vida entera, logrando a través del misterio de la cruz un nuevo nacimiento. Y es que el solo contemplar el rostro de Jesús clavado en la cruz hace que tu vida se transforme, pasando de las lágrimas y la sacudida del alma misma, hacia la emotividad y la paz interior, abrazando literalmente la cruz como Él lo hizo, por amor a ti a y mi, con el mismo amor del que solo un Dios tan grande y tan bueno es capaz.

Intenta todos los días contemplar al Crucificado, re-encuéntrate con el verdadero amor de Jesús, que se entrega a la muerte por ti y por mí. Siente la pasión que Cristo padeció cuando entregó su propia vida en rescate de la nuestra, amando hasta el extremo, entregándose por nosotros, muriendo por ti y por mí. Mira sus manos y pies perforados por los clavos del odio y la indiferencia, su costado traspasado por la lanza del egoísmo de los hombres, su sien marcada con una corona de espinas como símbolo de la realeza humilde y sufrida de Cristo que gobierna desde el trono de la cruz. Jesucristo muerto y crucificado, pero siempre con los brazos abiertos para acoger a todos aquellos que quieran abrazar la salvación.

Cuando te sientas solo, mira al Crucificado y encontrarás la mejor compañía; cuando te sientas triste, mira al Crucificado y encontrarás consuelo; en tus momentos de debilidad Él inspirará la fuerza para seguir y no caerse; cuando te sientas abandonado por tus amigos, Jesús te entenderá porque Él también fue abandonado por los suyos. En los momentos de prueba, de incertidumbre, Él será nuestra seguridad. El escándalo de la cruz, la locura que implica el Crucificado para el mundo, es en realidad la autenticidad del amor de Dios, la firmeza de su decisión de salvar a todos sus hijos e hijas, que a pesar de las circunstancias y de los siglos de historia de la humanidad transcurridos, permanece inmutable. ¡Reencuéntrate con el amor del Dios Crucificado! ¡Abraza la Cruz de Cristo!

La cruz para el cristiano no es señal de derrota, sino signo de victoria, sobre el mal y el pecado, sobre la muerte misma. Utilizando las palabras de Benedicto XVI, “somos príncipes de un Rey Crucificado”, escándalo para muchos, signo de contradicción para otros, pero al fin y al cabo, amados por el Señor que nos llamó de las tinieblas a su luz incomparable. Ya no portes el Crucifijo como un simple objeto de vanidad, no lo coloques en la pared de tu casa con mero esteticismo; no lo veas en la Iglesia como mera obra de arte que adorna el Templo y no te avergüences de la cruz de Cristo ante el mundo. Ante las voces del mundo que pretenden ocultar la cruz de las escuelas, de las calles, de los cuellos de los hombres y mujeres, por la vía de la ley y de la intolerancia religiosa hacia los cristianos católicos, se alza Jesús, el siervo doliente, el Crucificado, humilde, callado, sereno, pero presente siempre en la historia del mundo, el que ha vencido las sombras, el que vive por la eternidad, el que murió y resucitó por amor a los hombres. No podemos ocultar a Jesús de nuestras sociedades, de nuestras ciudades y escuelas, de nuestros hogares… Él es el Rey, Él gobierna nuestras vidas, somos suyos a precio de sangre por amor. Somos de Jesús, en Él confiamos, en Él creemos y nos dejamos amar por Él. “Arraigados y edificados en Cristo, Firmes en la Fe” (Col. 2, 7), firmes como María, al pie de la cruz, a quien pedimos su guía e intercesión. Amén.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Ernesto Martínez.

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