“Tenemos que aprender a ser intransigentes con el pecado, comenzando por los nuestros, e indulgentes con las personas” Papa Benedicto XVI

Aunque muchas veces no lo manifestemos, esta es una de las preguntas que internamente siempre nos hacemos: ¿Es posible estar libre de pecado? Desde nuestras perspectivas complacientes, todos desearíamos que el pecado no existiera, que no afectara nuestra vida, nuestras acciones, que pudiéramos actuar libremente y sin remordimiento de saber que no es lo correcto… Pero, pensándolo bien, ¿realmente seríamos felices? O simplemente “estaríamos” felices dentro de nuestra propia burbuja de la felicidad, porque está claro que no estaríamos actuando bajo la voluntad de Dios sino la nuestra, andaríamos por el mundo como ovejas rebeldes sin Pastor, sin guía; el mundo no sería uno, sino millones de mundos dentro un solo planeta tierra.

Somos imperfectos, porque el único perfecto es Dios; y a veces, de forma inconsciente y de manera inevitable, tendemos a caer en el pecado, lo que dificulta comprender el significado correcto del término “estar libres de pecado”. Para empezar, es importante saber que estar libres de pecado no quiere decir que nunca más volveremos a pecar, sino que nuestra alma puede estar libre del cautiverio en el que el pecado puede atraparnos y alejarnos parcial o totalmente de Dios.

Es importante recordar que el pecado no solo se cuela en algunas de nuestras acciones, sino también en nuestros pensamientos y actitudes, y, en un sentido más completo, en todo lo que carece de la Santidad de Dios. Jesús, a través de su muerte, liberó nuestro espíritu de las cadenas del pecado, no obstante, diariamente estamos expuestos al pecado de la carne. Esta es nuestra lucha, con este debemos acabar para encarrilar nuestra vida al sendero Santo del Señor.

Pero, ¿cuál es la forma correcta? La única forma de terminar con el pecado en la carne es siguiendo los mismos pasos de Jesús: Él es nuestro guía, nuestro precursor, Él abrió un camino a través de la carne para que le siguiéramos. En tiempos antiguos se creía que las pasiones y emociones se originaban en el cuerpo, por eso se utilizan las palabras espíritu y carne” para describir esta lucha, entre las fuerzas que nos impulsan al mal y nuestro espíritu que anhela que hagamos lo correcto. Esto no quiere decir que nuestros cuerpos físicos son malvados y la fuente del pecado, sino que estamos en la lucha constante con nosotros mismos.

“Tenemos que aprender a ser intransigentes con el pecado, comenzando por los nuestros, e indulgentes con las personas”, exhortaba el Papa Benedicto XVI.

“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8, 1-11).

De seguro todos hemos leído o escuchado en algún momento este pasaje bíblico, el cual enmarca perfectamente en el contexto que estamos desarrollando. Es lamentable como muchas veces caemos en una zona de confort, donde el pecado ya es parte natural de nuestra vida, que nos otorga la potestad de acusar a otros sin siquiera tomar en cuenta nuestras propias faltas, nuestras acciones negativas, nuestros errores que están fuera de lo que Dios tiene en nuestro plan de vida. El que castiga, también comete faltas, pero quien debe recibir el castigo, tiene también la posibilidad de recibir el perdón.

Un cristiano auténtico es aquel que se deja iluminar por la gracia de Jesucristo, se reconoce pecador y necesitado de misericordia, además de ser consciente de que no le corresponde juzgar, castigar o condenar a su prójimo, más bien, vivir en plenitud del Amor y de la Misericordia Divina.

Nos enseña el Papa Benedicto XVI que “La misericordia de Dios es la expresión de su inmenso amor. No condena al pecador, a ningún hombre o ninguna mujer, sino que exige retomar constantemente el camino de la reconversión a Él usando como herramienta especialísima el Sacramento de la Reconciliación”.

Recordemos que nunca es demasiado tarde para comenzar de nuevo con Dios, nuestra alma puede estar libre de pecado, aunque nuestro cuerpo todavía peque. Sin embargo, estar libre de pecado en nuestra alma quiere decir que también debemos buscar la libertad en nuestro cuerpo, aunque no lo podamos lograr de manera permanente.

San Pablo escribió: “Cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia; de modo que, si el pecado trajo el reinado de la muerte, también la gracia reinará y nos obtendrá, por medio de nuestro Señor Jesucristo, la salvación que lleva a la vida eterna” (Rom. 5, 20-21).

De este modo, cuando te encuentres ante una lucha interior, haz unos momentos de oración, pide al Espíritu Santo que te permita discernir con claridad entre el bien y el mal, y elegir activamente el bien. Recuerda que Dios siempre te dará su gracia para vencer el pecado y que, si fallas, es comprensivo y está dispuesto a perdonarte.

¡Ábrete a su perdón y renueva tu compromiso de serle siempre fiel!

 

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con Acción: Nelson Javier Muñoz @FeCreativa

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