“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno. En ti vivimos, nos movemos y existimos; y, todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos. Por eso, Señor, te damos gracias y proclamamos tu grandeza cantando con los ángeles…” (Prefacio VI dominical del Tiempo Ordinario)

Al finalizar este año 2015, son muchas las razones para dar gracias al Señor. Este día nuestros Templos, nuestros hogares y nuestros corazones celebran y dan gracias por el año que recién termina y miran esperanzados hacia el año que nace. Hoy queremos proponerte que, como Iglesia, demos gracias a Dios por una tan sola cosa, más bien, por una persona, y a través de esta, demos gracias a Dios por tantas otras bendiciones: ¡GRACIAS SEÑOR POR PAPA FRANCISCO!

“Antes de dar la bendición os pido un favor, que pidáis al Señor la bendición para su obispo. Hagamos en silencio esta oración vuestra por mí”, estas fueron las primeras palabras del Pontificado de nuestro Papa Francisco; con esa sencilla frase llena de humildad, podríamos resumir su labor pontificia: ha sido un camino eclesial, obispo y pueblo, juntos, en hermandad, amor y confianza recíproca. Rezando unos por otros, por todo el mundo, para que haya una gran hermandad. Y este camino ha venido dando frutos para la nueva evangelización.

En estos últimos años de la Iglesia Universal, nuestro Señor Jesús nos ha ido guiando, a través del Papa Francisco, en la nueva labor misionera, que no es más que volver al fervor de la fe de los primeros cristianos, aquellos de quienes se decía en las calles “Miren cómo se aman”, y que esa sea la descripción popular de la Iglesia de Cristo, de los cristianos de este tiempo. Bien lo ha recalcado Francisco: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades”. El Señor nos ha dado, en la figura del Papa, un excelente ejemplo de sus palabras en el Evangelio de San Juan 13, 35, en el cual dice: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros“.

Como decimos en la liturgia eucarística, “es nuestro deber darte gracias, siempre y en todo lugar…”, darte gracias Señor porque sigues llamando a hombres como Pedro, para que aún en estos tiempos sean pescadores de hombres, piedra primera de Tu Iglesia, con autoridad para atar y desatar (cf. Mt 16, 17-19), y con el encargo de apacentar a tus ovejas. Y hemos visto estas cosas maravillosas en tu hijo Francisco, porque en él tu pregunta incesante resuena “¿me amas más que estos?”, y con ternura le vuelves a decir una vez más “¡Sígueme!” (cf. Jn 21, 15-19).

¡Gracias, Señor! Es nuestro deber y salvación darte gracias porque has confiado la extensión de tu Reino a un hombre pecador; sí, Señor, porque así lo has querido, porque así de incompresible es tu amor por tus fieles, porque así te has querido quedar pastoreando a tu rebaño. En el Papa Francisco hemos escuchado el eco de las palabras del que es el Evangelio. El Espíritu Santo inunda de amor y sabiduría el alma del Santo Padre, y se desborda en sus palabras y acciones que son lucero encendido en el camino de la Iglesia Peregrina. Y por esto queremos darle gracias a Jesús, que es el centro de nuestra fe, por todos los prodigios que ha hecho en este año con su Iglesia:

1. GRACIAS, SEÑOR, POR ENSEÑARNOS A LLORAR, AMAR Y DEJARNOS AMAR

Gracias, Señor, por el viaje apostólico a Sri Lanka y Filipinas, que realizó el Papa Francisco a principios de este año, en el cual escuchamos, en sus palabras dirigidas a los jóvenes, resonar el testimonio conmovedor de Ti, Jesús que lloras, viendo las lágrimas de una joven que en medio de su discurso de bienvenida al Papa lloró ante la pregunta “¿Por qué sufren los niños?”.

Gracias por enseñarnos a llorar con tu llanto, el llanto de la compasión misericordiosa, el llanto que es capaz de entender los dramas de la humanidad, del que Francisco dice “al mundo de hoy le falta llorar”. Gracias por mostrarnos la importancia del llanto, el gran desafío de joven católico de hoy, al que nos invitó el Papa, diciéndonos: “Sean valientes. No tengan miedo a llorar”. Porque este llanto que conmueve el propio corazón, es el único capaz de moverlo al desafío del amor, segundo desafío que nos plantea el mundo y el Papa hoy: “Aprender a amar. No sólo acumular información… Sino, a través del amor, que esa información sea fecunda. Para esto el Evangelio nos propone un camino sereno, tranquilo: usar los tres lenguajes, el lenguaje de la mente, el lenguaje del corazón y el lenguaje de las manos (pensar, sentir y realizar)”.

Gracias, Jesús, por ser el primero en amar, y por sólo pedir de nosotros que nos dejemos amar por ti en el hermano, como nos recordó Francisco: “El verdadero amor es amar y dejarme amar. Es más difícil dejarse amar que amar… Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo”. Pues, como al joven rico del evangelio, aún nos falta una cosa. Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender. Aprender a mendigar. Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen  mucho que darnos.” (Leer el discurso completo aquí)

2. GRACIAS, SEÑOR, POR FORTALECER NUESTROS CORAZONES

Gracias, Señor, porque en el mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2015 nos recordaste a toda la Iglesia, como tu cuerpo místico del cual eres Cabeza, que “Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12, 26), despertando en tus miembros la compasión por todos, la necesidad de salir al encuentro del que sufre y necesita de ti que amas con nuestras manos, y renovarnos como Pueblo de Dios “para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo”.

Gracias, porque en el momento oportuno nos hiciste la pregunta estremecedora “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9), y expresaste tu deseo de que “los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”.

Gracias, en fin, porque abriste nuestros labios con el poder de tu Espíritu Santo, para implorar como Iglesia “‘Fac cor nostrum secundum Cor tuum’: ‘Haz nuestro corazón semejante al tuyo’ (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús)”. Porque sólo “de ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.” (Leer el mensaje completo aquí)

3. GRACIAS, SEÑOR, POR SER EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA DEL PADRE

Como nos recordó el Papa Francisco, en la Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, “Misericordiae Vultus”. Gracias porque has encerrado todo el misterio de la fe cristiana en esta sola palabra: Misericordia. Gracias por poner en el corazón de Francisco este proyecto de tu Corazón. Permite que, como lo expresó el Papa, “En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos» (Sal 25,6)”. (Leer la Bula completa aquí)

4. GRACIAS, SEÑOR, POR DARNOS UNA VOCACIÓN MISIONERA

Así nos lo recordaba el Santo Padre en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2015, que tuvo lugar en el contexto del Año de la Vida Consagrada: “La dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, es también intrínseca a toda forma de vida consagrada,… la misión es parte de la ‘gramática’ de la fe, es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra ‘ven’ y ‘ve’. Quién sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús «camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266)”. Pues, “La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo.” (Leer el mensaje completo aquí)

5. GRACIAS, SEÑOR, POR NUESTRA CASA COMÚN

¡Alabado seas, Señor, por toda la Creación!, clama tu hijo, tu creatura, en la Carta Encíclica Laudato si’. ¡Gracias en verdad, Señor, y alabado seas por siempre! Porque nos has sacado de la tierra y a la tierra volveremos, porque nada de este mundo nos es indiferente, porque nos muestras toda tu eterna belleza en tu obra creadora. Gracias, por recordarnos, a través de las palabras del Papa Francisco, la tarea de custodiar todo lo que has creado, que nos confiaste en Adán. Gracias, Señor. (Leer la Encíclica completa aquí)

6. GRACIAS, SEÑOR, POR DEVOLVERNOS LOS SUEÑOS Y LA ESPERANZA

“… Un joven que no es capaz de soñar, está clausurado en sí mismo, está cerrado en sí mismo. Cada uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder, pero soñálas, deseálas, busca horizontes, abríte, abríte a cosas grandes… Abríte y soñá. Soñá que el mundo con vos puede ser distinto. Soñá que si vos ponés lo mejor de vos, vas a ayudar a que ese mundo sea distinto. No se olviden, sueñen. Por ahí se les va la mano y sueñan demasiado, y la vida les corta el camino. No importa, sueñen. Y cuenten sus sueños. Cuenten, hablen de las cosas grandes que desean, porque cuanto más grande es la capacidad de soñar, y la vida te deja a mitad camino, más camino has recorrido. Así que, primero, soñar”, fue el primer saludo del Papa a los jóvenes en su viaje apostólico a la ciudad de La Habana, Cuba.

Y en una sociedad desesperanzada por tantos problemas, guerras, desuniones y destrucciones, nos nació de nuevo la esperanza, en las palabras de tu Vicario, Señor: “Los jóvenes son la esperanza de un pueblo. Eso lo oímos de todos lados. Pero, ¿qué es la esperanza?… La esperanza es sufrida. La esperanza sabe sufrir para llevar adelante un proyecto, sabe sacrificarse… La esperanza es fecunda. La esperanza da vida… La esperanza se da en el trabajo”. Nos recordaste que “El camino de la esperanza no es fácil y no se puede recorrer solo”, pero tú nos acompañas en el prójimo: “Hay un proverbio africano que dice: “si querés ir de prisa, andá solo, pero si querés llegar lejos, andá acompañado”. Y yo a ustedes, jóvenes cubanos, aunque piensen diferente, aunque tengan su punto de vista diferente, quiero que vayan acompañados, juntos, buscando la esperanza, buscando el futuro y la nobleza de la patria.” (Leer el discurso completo aquí)… ¡Gracias, Señor, por creer en la juventud.!

7. GRACIAS, SEÑOR, POR EL DON DE LA FAMILIA

En su viaje apostólico a Estados Unidos, nuestro Señor conmovió el mundo a través de los pies del Papa Francisco: estremeció la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, conmocionó al pueblo ecuménico, al clero, a los presos, a las víctimas de abusos sexuales, y, entre muchos otros, conmovió especialmente a las familias reunidas en VIII Encuentro Mundial de las Familias, en Filadelfia.

En este encuentro, nuestro Señor, en las palabras del Santo Padre, resaltó la labor profética de las familias en el mundo de hoy. Las familias deben ser profetas del Dios que es familia, y que vislumbra su eterno amor en los pequeños milagros domésticos del día a día. Gracias, Señor, por las familias, que son en el mundo germen bueno de la siembra del Padre.

Y así nos unimos a la oración de Francisco por las familias: “Que Dios nos conceda a todos ser profetas del gozo del Evangelio, del Evangelio de la familia, del amor de la familia, ser profetas como discípulos del Señor, y nos conceda la gracia de ser dignos de esta pureza de corazón que no se escandaliza del Evangelio. Que así sea.” (Leer la homilía completa aquí)

8. GRACIAS, SEÑOR, POR ABRIRNOS LAS PUERTAS DE TU MISERICORDIA

El pasado 8 de diciembre, en la Fiesta de la Inmaculada Concepción, se inició el Año Jubilar de la Misericordia, con el acto simbólico de la Apertura de la Puerta Santa. Y nuestro corazón estalla en gracias a Dios porque nos ha alegrado con el don de su Gracia, pues “Este Año Extraordinario es también un don de gracia”, como expresaba el Papa Francisco.

Gracias infinitas sean dadas al Dios Misericordioso, que es el primero en abrir las puertas de su Reino de Misericordia para que entren por ella los más débiles y pequeños de sus hijos; y este “entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánto se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24) Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia. Que el atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”, explicó el Papa.

Nos encontramos pues, como Iglesia, en este Año de la Misericordia, y es necesario que abramos, junto con la Puerta Santa, las puertas de nuestro corazón, para salir del encierro y encontrarnos con el más necesitado de la Misericordia de Dios. Que al cruzar las puertas de nuestro corazón, “nos comprometamos a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano”. (Leer homilía completa aquí)

 

¡Gracias, Señor, por el don tan inmerecido de tu Misericordia! ¡Gracias, Señor, por este año de bendiciones para tu Iglesia!; gracias por cada milagro de amor, cada palabra y cada acción que conmovió nuestro corazón y despertó en nosotros el espíritu misionero.

En fin, ¡GRACIAS, SEÑOR, POR EL PAPA FRANCISCO!

Y para terminar esta reflexión, respondiendo a la constante petición del Papa Francisco, elevemos esta sencilla oración por él:

ORACIÓN POR EL PAPA

“Oh Jesús, Rey y Señor de la Iglesia: renuevo en tu presencia mi adhesión incondicional a tu Vicario en la Tierra, el Papa.
En él Tú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto que debemos seguir en medio de la desorientación, la inquietud y el desasosiego.
Creo firmemente que por medio de él tú nos gobiernas, enseñas y santificas, y bajo su cayado formamos la verdadera Iglesia: una, santa, católica y apostólica.
Concédeme la gracia de amar, vivir y propagar como hijo fiel sus enseñanzas.
Cuida su vida, ilumina su inteligencia, fortalece su espíritu, defiéndelo de las calumnias y de la maldad.
Aplaca los vientos erosivos de la infidelidad y la desobediencia, y concédenos que, en torno a él, tu Iglesia se conserve unida, firme en el creer y en el obrar, y sea así el instrumento de tu redención.”

¡Amén!

Artículo escrito por nuestra colaboradora y católica con acción Eglis Cayama.

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