“Porque nos ha nacido un niño,
Dios nos ha dado un hijo,
al cual se le ha concedido el poder de gobernar.
Y le darán estos nombres:
Admirable en sus planes, Dios invencible,
Padre eterno, Príncipe de la paz.
Se sentará en el trono de David;
extenderá su poder real a todas partes
y la paz no se acabará;
su reinado quedará bien establecido,
y sus bases serán la justicia y el derecho
desde ahora y para siempre.
Esto lo hará el ardiente amor del Señor todopoderoso.” (Is. 9, 5-6) 

Sí, el ardiente amor del Señor todopoderoso nos ha concedido un Hijo, un Niño, un Rey, un Salvador. Esta es la noche más luminosa que ha visto la tierra, pues, en medio de estas penumbras, una Virgen nos ha dado a luz a Aquel que es la Luz del mundo. Para cumplir con Su promesa, el Dios eterno ha dispuesto que hoy nos nazca el Príncipe de la Paz.

Es esta la tan esperada noche. Nunca la oscuridad había sido tan radiante, nunca el frío del anochecer había brindado tanto calor, nunca antes las tinieblas habrían arrancado el miedo del corazón del hombre, nunca antes de esta noche…

Esta es la noche de la Promesa, la noche en que “la justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (Is. 32, 17); en esta noche los más humildes verán nacer al descendiente de David, al Rey prometido, el Heredero de la Alianza, en la más humilde morada. Esta es la noche en la que comienza el Reinado sin fin del Hijo de David, “pero aquel Rey yace en un pesebre, y desde allí – como decía San Agustín – lleva las riendas del gobierno del mundo; no halló lugar en la posada, y, sin embargo, Él fabrica templos suyos en los corazones de los creyentes”.

Esta es la noche de la Ternura de Dios, la noche en la que el Cielo se abre para que el Padre pueda ver al Hijo nacer, y en la dulce e inocente mirada de este Hijo se nos devela la omnipotencia del Dios que, en el cuerpecito del Niño Divino recostado en un sucio pesebre, nos vuelve a decir: “Aunque las montañas cambien de lugar y los cerros se vengan abajo, mi amor por ti no cambiará ni se vendrá abajo mi alianza de paz. Lo dice el Señor, que se compadece de ti” (Is 54, 10).

Esta es la noche en que Dios se ha hecho pequeñito, y todo Su Poder y Gloria se ven guardados en el sueño apacible e indefenso de un recién nacido, tan cercano y tan humano que podría acomodarse en nuestros brazos fatigados.

Esta es la noche de la Misericordia Divina, que no podría ser mejormente comprobada que en el maravilloso hecho de que Dios aceptara completamente nuestra propia miseria humana, haciéndose carne en ella. En esta noche, el Creador se ha hecho uno con su creatura, participando de su humanidad para hacerla a ella participar de su divinidad. Es esta la noche en la que Dios vuelca de tal manera Su Corazón a los hombres, que se hace hombre para volcar nuestros corazones a Dios.

Esta es la noche del Perdón, la noche en que la mirada de Dios se fija en sus hijitos con especial y eterno amor, entregándonos el don más grande e inmerecido que podamos recibir, sólo por amor: “Él ha visto nuestra conducta, pero promete sanarnos y darnos descanso y tranquilidad completas; se ha compadecido de sus sufrientes hijos y los consolará, ¡Él dará la paz a los que están lejos, y paz a los que están cerca! ¡Él perdonará y sanará a su pueblo!” (Cf. Is. 57, 18-19).

Esta es noche de Paz, el silencio acoge a la Palabra hecha carne que viene a habitar y a quedarse entre nosotros; mientras el mundo duerme, Dios vigila y obra el mayor milagro que ha visto la historia. En medio de guerras, esclavitud e injusticias, el Príncipe de la Paz se abre paso en el camino y nos devuelve la Esperanza, ¡nos ha nacido la Alegría!

Así se nos revela la Palabra en esta noche amada:

“Pero el ángel les dijo: ‘No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo.’ En aquel momento aparecieron, junto al ángel, muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían:

‘¡Gloria a Dios en las alturas!

¡Paz en la tierra entre los hombres

            que gozan de su favor!’” (Lc 2, 10-14)

 

En esta noche, hemos sido anunciados por el Ángel como María. Dios nos ha anunciado Su Alegría y nos ha concedido la Paz, la Paz para que reine y gobierne la tierra y los corazones de todos los que habitan en ella. Cielo y tierra cantan gloria porque Dios ha mostrado Su victoria. ¡Hay alboroto hasta en los astros por un niño envuelto en pañales y acostado en un establo!, y, al menos por un minuto, todo el Universo calla y espera en completa calma el primer grito del Verbo.

Esta es la Noche Buena, pues se nos ha revelado en carne y hueso la Buena Noticia, el Evangelio. Esta es noche de Paz, noche de Bien, noche de Bondad, que es producto inevitable de todo encuentro con Jesús.

La Paz está con nosotros porque nos ha llegado la Salvación. Es el Cristo, que con su Nacimiento colma la faz de la tierra de quietud y silencio, y por eso es llamado Príncipe de la Paz; que con su Pasión es elevado en lo alto como señal de Salvación, y es por eso titulado Rey de los judíos; que con su Resurrección ha vencido la muerte para siempre y nos ha devuelto la Paz (Cf. Lc. 24, 36), y por eso Dios le ha concedido “el Nombre-sobre-todo-nombre”, de modo que “ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclame que Jesucristo es Soberano Rey de todo el Universo” (Cf. Flp. 2, 9-11); y que con el envío del Espíritu Santo, ha dejado a nuestra disposición el Guía que conduce siempre a la Paz y a la Vida (Cf. Rom. 8, 6).

Esta es la noche en que el alma del hombre ha de estar vigilante y en paciente espera, como espera el centinela a la aurora, porque sólo a los que estaban despiertos trabajando, aún en la profunda noche, se les concedió el increíble honor de ver nacer y adorar al Niño Dios. Que esta noche el Señor te encuentre haciendo tu deber, como encontró a los pastores, trabajando por la paz y el bienestar de su rebaño, para que puedas ver la gloria de Dios, esa misma que pocos hombres vieron; si así lo haces serás dichoso, bienaventurado, y Dios te llamará hijo suyo (Cf. Mt. 5, 9).

Esta, pues, es noche para velar, como velaron María y José, para hacer lugar en tu corazón para que nazca Jesús, pues, al despuntar la aurora anunciando el Mañana, “«…veréis en vosotros la majestad de Dios». Hoy, el Hijo se ha hecho justicia venida de Dios; mañana, se manifestará como vida nuestra, para que aparezcamos con él en la gloria. Hoy, por nosotros, ha nacido un niño, para privar que nos elevemos en una gloria vana y, convirtiéndonos, lleguemos a ser como niños. Mañana se va a mostrar en toda su grandeza para incitar nuestra alabanza y para que también nosotros podamos ser glorificados y alabados cuando Dios otorgará a cada uno su gloria.” (San Bernardo, 5° sermón para la vigilia de Navidad).

Así pues, velemos esta noche en oración, esperando vigilantes la llegada del Niño Jesús, que sea nuestra alma una noche de Paz, inundada de silencio fecundo, pues como decía la Madre Teresa, “el fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz”.

Que el regalo que le des el día de mañana a Jesús, sea tu oración y trabajo incansable por la paz en la humanidad, en tu familia y en tu corazón. Y que María, principal vidente de la Navidad, que está siempre atenta para traer al mundo la alegría, la paz y la reconciliación, nos conduzca hasta Dios, y con sus ruegos interceda por nosotros. Y, junto a Teresa de Calcuta, dirijamos a Ella nuestros ojos para implorarle por la paz; a Ella, que sólo tiene cabida en su corazón para la paz y el perdón. ¡Amén!

“Que el Señor te bendiga y te proteja;

que el Señor te mire con agrado

y te muestre su bondad;

que el Señor te mire con amor

y te conceda la paz.” (Nm. 6, 24.26).

Artículo escrito por nuestra colaboradora y católica con acción Eglis Cayama.

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2 Comentarios »

  1. Muy bonito y perfecto mensaje de Amor y Reconciliación. Se necesita para que sea puesto en practica por los que ostentan el Poder, para que sean Luz, en vez de Oscuridad y Perdición para los hombres y mujeres de este mundo.

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