“Dios te salve, Reina y Madre, Madre de Misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve…”

¿Cuánto tenemos que imitar a nuestra Madre? Definitivamente mucho, una mujer llena de paciencia y de amor, que con su obediencia incorruptible y su inigualable entrega a Dios nos invita cada día a ser fieles al Señor, buscando en todo momento la paz y el perdón, pero sobre todo la pureza del alma, a través del corazón misericordioso y de la entrega constante en la oración.

María es la mujer por excelencia de la humanidad; así lo manifiesta la Constitución Lumen Gentium en el Capítulo VIII: “María resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos”. Ella es camino del perdón. Por eso, nos conduce al Confesionario, a la Eucaristía… Es también la llena de gracia, de toda la gracia que necesita para ser la Madre de Dios.

La gran misericordia del Verbo se hace hombre al calor del corazón de la virgen María, por obra del Espíritu Santo; por ello, María es Madre de la Misericordia, desde el misterio de la encarnación, porque es la Madre de Dios, Madre de Cristo y por Misericordia de Dios, Madre de los hombres, especialmente de los fieles cristianos.

Al leer el Anuncio del Nacimiento de Jesús (Lc. 1, 26-38), podemos rescatar dos frases que reafirman la confianza absoluta de María en el poder y en los planes de Dios; quizás en aquel momento no comprendía el misterio ante Ella, pero responde al Ángel Gabriel con una fe libre y comprometida: “He aquí la esclava del Señor…”, frase memorable que se traduce en: Yo le pertenezco a Dios, yo soy la esclava de Él. He aquí, aquí estoy. La otra frase: “Hágase en mí…”, que se haga como dice tu palabra en mí, Señor. Yo no soy capaz de hacerlo, Tú sí, porque no hay nada imposible para ti. María reconoce que no es ella, sino la voluntad de Dios en su vida. Es dócil, actúa con mansedumbre, se deja guiar y llevar por el Espíritu Santo.

La misericordia nos tiene que llevar a la acción.
María, Madre de Misericordia, es una mujer de acción y por ello todos los cristianos tienen que mostrarse al mundo como hombres y mujeres de acción. El espíritu servicial de Nuestra Madre y su inigualable ternura, le permitieron sentir en carne propia la desesperación de los anfitriones cuando el vino se terminó en aquella boda en Caná de Galilea. María inmediatamente entra en acción y pide a Jesús hacer frente a tan bochornosa situación, estando consiente que esto significaba precipitar el poder y la hora de su hijo, pero su fe y su confianza plena en Dios le hicieron sentir, en aquel momento, que era lo correcto.

“La misericordia divina es una gran luz de amor y de ternura, es la caricia de Dios sobre las heridas de nuestros pecados. Es algo difícil de comprender, que no borra los pecados, porque lo que borra los pecados es el perdón de Dios. La misericordia es el modo con que Dios perdona.”

Papa Francisco

Si no hay misericordia, no hay amor y si no hay amor ni misericordia, no hay santidad. La misericordia es fruto del amor. El amor todo lo puede y todo lo perdona. ¿Acaso Dios no perdonó a María cuando su hijo Jesús se perdió a la edad de 12 años? ¿Te has puesto a pensar cómo se sintió Ella al darse cuenta que luego de haber caminado tantas horas, Jesús no estaba junto a ellos? Seguramente en medio de su desesperación María empezó a gritar y a culpar a Dios o a José… ¡Falso!, todo lo contrario, Ella se perdonó a sí misma y asumió su descuido como una mujer llena de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. A eso tenemos que aspirar todos nosotros, porque la misericordia debe hacerse viva en nosotros, para luego trasmitirla a los demás.

“María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia Divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es” San Juan Pablo II (Dives in Misericordia, N° 9).

¿Qué tan misericordioso/a eres con quienes te ofenden?

Ponte en el lugar de María y piensa qué hubieses echo tú cuando Herodes levantó un holocausto de niños para matar al “Rey de reyes” que acababa de nacer ¿odiar o perdonar? ¿Qué hubieses echo cuando todos te señalaran, como a María, por ser la madre de Jesús?… las miradas llenas de intrigas, los repudios en las calles, los malos comentarios y hasta el abandono de tus amistades… ¿Qué hubieses echo cuando ves que Aquel que es fruto de tu vida es crucificado injustamente y sometido a la burla pública como todo un ladrón, o aún más, como el peor farsante de todos los tiempos? ¿Hubieses perdonado a Pedro quien negó conocer a Jesús? ¿Hubieses perdonado a Judas quien lo traicionó y lo entregó por un par de monedas? Piénsalo, porque el amor de María no conoció límites y traspasó las fronteras de lo comprensible. Ella proyectó su amor sobre Cristo en la Cruz, con ternura de Madre, y lo sigue proyectando sobre la Iglesia, Cuerpo de Cristo y por lo tanto, sobre nosotros, pecadores.

En María triunfa la Misericordia. Por eso, es privilegiadamente asunta al Cielo en cuerpo y alma, coronada como Reina y Madre de Misericordia. Es la Virgen del Amor, Ella puede llenar de ese amor verdadero, nuestro corazón para que sea más semejante al Suyo y al de su Hijo Jesucristo. Sólo hay que pedírselo. Nuestras familias necesitan de la Misericordia, que se revistan de paciencia y fe. Aprendamos a ser misericordiosos, a conversar, a ser comprensibles, a dedicar tiempo a quienes tenemos cerca, a amar a nuestros padres, a nuestros hijos.

Estamos hechos del mismo barro, nadie es mejor que otros, estamos en la búsqueda constante de que Dios nos haga diferentes. De eso se trata. Que la misericordia se haga presente entre esposos, entre los padres e hijos y viceversa, “Soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente” (Col 3, 12-17).

Con la ayuda de María, empecemos a perdonarnos nosotros mismos. Así como Ella se perdonó de haber extraviado a Jesús, nosotros también lo hemos extraviado en algún momento de nuestra vida y es necesario buscar del perdón de Dios.

Muchas veces decimos que somos laicos comprometidos y cuando la Iglesia nos llama, nos hacemos los locos y esquivamos las responsabilidades, respondiendo siempre: ¡No tengo tiempo!… Aprendamos de María a no poner excusas, ni horas, ni condiciones. Que sea todo al tiempo de Dios. Recemos el Rosario que es camino de oración para alcanzar la misericordia de Cristo y experimentar el amor misericordioso de la Madre.

Que María, Madre de Misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios, de que todo tiene sentido cuando aceptamos con un sí definitivo lo que el Señor quiere con nuestra vida, es abandonarse plenamente en sus planes, es dejarse guiar por Él, es aceptar su misericordia y hacerla viva en nuestro diario vivir. ¡Todos valemos, todos somos importantes para Dios!

¡Imitemos pues a María, que después de Jesucristo es el modelo más perfecto!

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción: Nelson Javier Muñoz fundador de @FeCreativa.

Imagen de cabecera tomada de Pinterest

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