“La doctrina católica que concierne a la concepción inmaculada de María y ensalza sus glorias es familiar a todo buen cristiano, delicia y encanto de las más nobles almas. Está en la liturgia, en los acentos de los Padres de la Iglesia, en el afanoso suspirar de tantos corazones que quieren honrarla esparciendo el perfume de su pureza y fervor de apostolado para mejorar las buenas costumbres privadas y públicas”.

(San Juan XXIII, 8 de diciembre de 1960)

Este día conmemoramos la fiesta más grande de nuestra Madre María, su “Fiesta Central”, la que encamina las demás fiestas dedicadas a María Santísima: “La Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María”. Este Dogma de Fe esencial de nuestra Iglesia, nos explica el modo de obrar de Dios en todos los tiempos, pues desde los comienzos, Dios no ha cesado de dar a conocer de varios modos y en tantos momentos la revelación de su amor, pues cuando Él envió a su Hijo nacido de Santa María la Virgen, inmaculada desde su concepción, nos muestra de manera definitiva su Amor Misericordioso.

Con la celebración de este Dogma Mariano, no sólo comprendemos la forma de actuar de Dios sobre María, sino que contemplamos el verdadero misterio de la Misericordia Divina, pues Dios, a través de su Misericordia, sale y viene a nuestro encuentro, pues la Misericordia de Dios habita en nuestros corazones y es el canal que nos une a Él, porque mantiene abierto nuestro ser a la esperanza de ser amados para siempre por Dios.

Esta advocación de la Inmaculada Concepción de María, también conocida en algunos lugares como la Purísima Concepción de María”, expresa un Dogma de Fe, que sostiene que Nuestra Madre María, Madre de Jesús, a diferencia de todos nosotros, no fue alcanzada por el pecado original, sino que, desde el momento de su concepción, Ella ya había sido preservada y liberada de todo pecado: “Puritísima tendría que ser la Madre de Dios, pues en su seno llevaría al Salvador y Redentor del pecado”.

Sabemos que después del pecado de Adán y Eva, Dios no nos quiso dejar solos y menos en las manos del mal; por eso pensó y quiso a María Santa e Inmaculada, para que fuese la Madre del Redentor de todos nosotros: “Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su Presencia” (Efesios 1,4). Así, la Misericordia de Dios es infinita, porque ante la gravedad de nuestros pecados, responde con la plenitud del Perdón, pues su Misericordia siempre será más grande que cualquier imperfección: “Allí donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia” (Romanos 5, 20)… Nadie, ni nada, puede ni podrá poner algún límite al Amor de Dios.

Al venerar la doctrina de la Inmaculada Concepción, contemplamos la posición especial de María por ser Madre de Cristo y en Ella, a nosotros se nos abre la Puerta de La Misericordia. Dios preserva libre de todo pecado y, aún más, libre de toda mancha o efecto del pecado original (pecado que ha de transmitirse a todos los hombres por ser descendientes de Adán y Eva), a María Santísima, esto es en atención a que iba a ser la madre de Jesús, que es también Dios mismo.

La expresión “Llena eres de gracia” (Gratia Plena), contenida en el saludo del Arcángel Gabriel (Lc. 1, 28), y recogida en la oración del Ave María, explícita uno de los aspectos que nos lleva a decir, sin lugar a dudas, que María ha de ser libre de pecado por la gracia de Dios; de igual manera nosotros, hijos de Dios, redimidos por méritos de Jesucristo, somos llamados al igual que María a entrar por la Puerta de la Misericordia Divina y experimentar el Amor del Padre que consuela, perdona y da esperanza.

“Al saludar a la misma Virgen Santísima «llena de gracia», o sea «kecharistomene» y «bendita entre todas las mujeres», con esas palabras, tal como la tradición católica siempre las ha entendido, se indica que «con este singular y solemne saludo, nunca jamás oído, se demuestra que la Virgen fue la sede de todas las gracias divinas, adornada con todos los dones del Espíritu Santo, y más aún, tesoro casi infinito y abismo inagotable de esos mismos dones, de tal modo que nunca ha sido sometida a la maldición»” (Papa Pio XII).

Para entender cómo actuó Dios en María nos adentramos a la definición de este Dogma, que fue proclamado por el Papa Pio IX, el 8 de diciembre de 1854; la Inmaculada Concepción de María, como Dogma de Fe, es crucial para el crecimiento espiritual de nosotros los cristianos católicos. Así, la definición del dogma, contenida en la bula Ineffabilis Deus (“Dios Inefable”), proclama lo siguiente:

“…Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho…”

Siempre ha sido propia de Dios la Misericordia, y en esto se manifiesta también su omnipotencia; la Encíclica “Fulgens Corona” (“Corona Reluciente”), publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, en el numeral 4, argumenta lo siguiente:

“Pero si la Santísima Virgen María, por estar manchada en el instante de su concepción con el pecado original, hubiera quedado privada de la divina gracia en algún momento, en este mismo, aunque brevísimo espacio de tiempo, no hubiera reinado entre ella y la serpiente aquélla sempiterna enemistad de que se habla desde la tradición primitiva hasta la definición solemne de la Inmaculada Concepción, sino que más bien hubiera habido alguna servidumbre…”

Es decir, si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla sobre ambos desde el Génesis; por tanto solo el hecho de que María se mantuvo desde su concepción en estado de gracia, puede explicar de manera irrefutable que continúe la enemistad entre ella y la serpiente. El así llamado “Proto-evangelio” en el Génesis, por lo tanto, contiene una promesa directa de que vendrá el Redentor y que junto a Él se manifestará su obra maestra: La preservación perfecta de todo pecado, siendo la primera su Madre Virginal, la Santísima Virgen María.

Aunque ahora parezca extraño, mucho antes de la declaración del Dogma, hubo quienes no estuvieron de acuerdo con la advocación de la Inmaculada Concepción, pues decían: La redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. Y en efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado, por tanto, rechazaban el privilegio de María, que afirma que “Ella es concebida, alimentada y formada bajo las espinas de una generación llena de pecado, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos. Incluso bajo las espinas de esa generación pecadora que de por sí debería de transmitirle el pecado original, María permanece libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo».”

Al respecto, no fue sino hasta el año 1500 que por la inspiración del Espíritu Santo se declara que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso: Cristo la redimió PRESERVÁNDOLA del pecado original; una Redención aún más admirable, pues no fue por “liberación total del pecado”, sino por “preservación total del pecado”, ya que su Misericordia es eterna, no como idea abstracta, sino como una realidad que proviene del más íntimo y profundo sentimiento de Amor hacia la humanidad

Por tanto, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no niega que ella fue salvada por Jesús, al contrario, en María, las gracias de Cristo se aplicaron ya desde el momento de su concepción; el hecho de que Jesús no hubiese aún nacido, no presenta obstáculo, pues las gracias de Jesús no tienen barreras de espacio y tiempo, y por ello se aplicaron anticipadamente en su Madre María. Para Dios nada es imposible, Eterna es su Misericordia cantamos en el estribillo del Salmo 136, Salmo que parece que quisiera romper con el círculo del espacio y del tiempo, para introducirlo todo en el misterio grande del Amor de Dios, pues no sólo en la historia, sino por toda la eternidad, nosotros estaremos siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre.

Por tanto, nuestra Madre María es preservada del pecado por los méritos de Cristo Salvador; es por Él que Ella es preservada del pecado. Ella, por ser de nuestra raza humana, aunque no tenía pecado, necesitaba salvación, que solo viene de Cristo; pero Ella singularmente recibe por adelantado los méritos salvíficos de Cristo; la causa de este don es la Omnipotencia de Dios, la razón de esto fue su Maternidad Divina, Dios quiso prepararse un lugar puro donde su Hijo se encarnara.

Los Frutos de esta Preservación fueron:

  1. María fue inmune de los movimientos de la concupiscencia: Los deseos irregulares del apetito sensitivo que se dirigen al mal.
  2. María estuvo inmune de todo pecado personal durante el tiempo de su vida: Esta es la grandeza de María, que siendo libre, nunca ofendió a Dios, nunca optó por nada que la manchara o que le hiciera perder la gracia que había recibido.

Todas las virtudes y las gracias, María Santísima las recibe de su Hijo, Ella debía ser perfectamente Santa desde su concepción y Ella desde el principio recibió la Gracia y la Fuerza para evitar el influjo del pecado y responder con todo su ser a la voluntad de Dios. Con María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado comienza la gran obra de la Redención. Por eso nosotros, cristianos católicos miramos a María como el modelo perfecto y como la imagen de la verdadera santidad que debemos alcanzar, pues con Ella nos sentimos llamados a la Purificación, para que Cristo Jesús resida, con la ayuda de la gracia de Dios, en nuestra vida.

Avoquémonos pues en este día a Nuestra Madre Inmaculada, para que interceda por nosotros; que al igual que Ella, Dios nos conceda la Gracia de ser verdaderos hijos suyos, libres de toda mancha de pecado, y para que con sus ruegos de Madre, Jesucristo nos conceda la fuerza de no cometer pecado y no optemos por nada que nos manche y nos haga perder la Gracia recibida de Dios.

“Virgen Santa e Inmaculada,
a Ti, que eres el honor de nuestro pueblo
y la guardiana atenta que cuida de nuestra ciudad,
nos dirigimos con confianza y amor.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!
El pecado no está en Ti.

Suscita en todos nosotros un renovado deseo de santidad:
en nuestra palabra brille el esplendor de la verdad,
en nuestras obras resuene el canto de la caridad,
en nuestro cuerpo y en nuestro corazón habiten la pureza y la castidad,
en nuestra 
vida se haga presente toda la belleza del Evangelio.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!
La Palabra de Dios se hizo carne en Ti.

Ayúdanos a mantenernos en la escucha atenta de la voz del Señor:
el grito de los pobres nunca nos deje indiferentes,
el sufrimiento de los enfermos y los necesitados no nos encuentre distraídos,
la soledad de los ancianos y la fragilidad de los niños nos conmuevan,
toda vida humana sea siempre amada y venerada por todos nosotros.

Tú eres la Toda Hermosa, ¡Oh María!
En ti está el gozo pleno de la vida bienaventurada con Dios.

Haz que no perdamos el sentido de nuestro camino terrenal:
la suave luz de la fe ilumine nuestros días,
la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos,
el calor contagioso del amor anime nuestro corazón,
los ojos de todos nosotros permanezcan fijos, allí, en Dios, donde está la verdadera alegría.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!
Escucha nuestra oración, atiende nuestra súplica:
se Tú en nosotros la belleza del amor misericordioso de Dios en Jesús,
que esta belleza divina nos salve a nosotros, a nuestra ciudad, al mundo entero.                                 Amén”.                                                                                                                                                                        (
Oración del Papa en la Fiesta de la Inmaculada Concepción.)

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción David López.

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