“Esto es lo que quiere hacer el Señor en Adviento: Hablar al corazón de su pueblo y, a través de él, a toda la humanidad, para anunciarle la salvación”

(Benedicto XVI)

Apenas el domingo pasado finalizamos un año litúrgico con la gran Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo y nos disponemos en este domingo a inaugurar un nuevo año litúrgico, con un período esencial de preparación y reflexión, el Tiempo de Aviento: Es un período que consta de 4 domingos, más o menos 25 días, y que comienza cada año el domingo más próximo al 30 de Noviembre, terminando con las fiestas de la Natividad de Nuestro Señor Jesús el 25 de Diciembre.

Enseñaba Benedicto XVI sobre este tiempo litúrgico que “los cristianos adoptaron la palabra “Adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” denominada tierra para visitar a todos; invita a participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creen en él, a todos los que creen en su presencia en la asamblea litúrgica”. Este es un período de penitencia y preparación espiritual, simbolizado por el color morado, al igual que la Cuaresma, en el que como cristianos nos preparamos para la venida del Salvador.

Coincidiendo con el propósito principal de este tiempo litúrgico, el Adviento – proveniente del latín “adventus Redemptoris” – significa “la venida del Redentor”. La misma palabra Adviento por sí sola quiere decir sustancialmente: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras” (Benedicto XVI).

Precisamente, el Tiempo de Adviento es, principalmente, un período de preparación para las dos venidas de Jesús a la tierra: La primera venida del hijo de Dios a los hombres, que se conmemora sobre todo en el tiempo litúrgico de la Navidad; y la segunda venida, la escatológica, que es la de Jesucristo glorioso al final de los tiempos.

Este momento es entonces, para nosotros, de preparación, de esperanza y arrepentimiento de nuestros pecados para la llegada del Señor, de silencio interior, reflexión profunda y conversión. Es también un buen momento para hacer una introspección en nuestra vida cristiana: Ver al pasado, a un año litúrgico que recién cerramos y las experiencias que en él hemos vivido; preparar el futuro, con un nuevo año litúrgico que comenzamos con esperanza y fuerzas renovadas; y vivir un presente, en el que tenemos en nuestras manos la posibilidad de recibir a Jesús con un corazón humilde y dispuesto.

“La palabra latina “adventus” se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor”. (Benedicto XVI, 4 de diciembre de 2005)

Ahora bien, para recibir a Jesús y acogerlo como centro de nuestra vida en este nuevo año litúrgico, hay una pregunta que precisamos hacernos: ¿Qué necesito cambiar en mi vida para acoger esta invitación que Jesús me extiende a morar en mí? Este será el momento propicio para encontrar la respuesta a esta pregunta y cumplirla, pues tendremos 25 días para corregir las acciones que nos han alejado de Él, y encontrar la conversión hacia actitudes que nos acerquen a Jesús, que permitan que Él, que es el Señor y Salvador, nazca en nuestro corazón y transforme nuestra vida.

El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos que la venida de Jesús está siempre cerca para que nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de Dios. Vivamos con intensidad este período, no dejemos que lo opaquen otras cosas pasajeras y vanas; acerquémonos al evangelio, a la Eucaristía y a todos aquellos elementos y símbolos que nos ayudarán a vivirlo de una mejor manera, como lo son la Corona de Adviento, las oraciones y los cantos litúrgicos.

Unámonos en familia y como una sola comunidad católica, para prepararnos no solo a la venida de Jesús en la Natividad, sino también con esperanza puesta en su segunda venida de salvación; que sea este, pues, un momento de penitencia y de espera, que podamos aprovechar al máximo estos días.

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven, a tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

De los montes la dulzura,
de los ríos leche y miel,
de la noche será aurora
la venida de Emmanuel.

Te esperamos anhelantes
ya sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Consolaos y alegraos,
desterrados de Sión,
que ya viene, ya está cerca,
Él es nuestra salvación.

(Tomado de la Liturgia de las Horas, Tiempo de Adviento)

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Emilio Rodríguez

 

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