“El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas” – Santa Teresa de Jesús.

El Espíritu Santo, el Paráclito, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Amor entre el Padre y el Hijo… es Aquel que conduce a la Iglesia, Aquel de quien brota toda santidad y sin el cual toda acción es vana y no da frutos.

Un sabio sacerdote una vez se refirió al Espíritu Santo como “el gran olvidado”, pues muchas veces el cristiano deja de lado la acción que el Espíritu Santo desea obrar en su vida; lo dejamos de lado, olvidado, pocas veces lo invocamos, poquísimas hablamos con Él, nos olvidamos de que es una Persona Divina y lo llegamos a creer como un fantasma o una simple brisa pasajera o, peor aún, sólo una “palomita”.

El Espíritu Santo, como ya dije, es una Persona Divina, la que une al Padre y al Hijo, en unión indisoluble y consubstancial; tan importante es que, Jesús dice que el pecado contra Él es el único que no tiene perdón (cf. Jn. 16, 13; Lc. 12, 10).

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 683, que «Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe.»; y más adelante, en los numerales 689 y 690, nos dice que Jesús no podría haber llevado a cabo el plan de Salvación, ni haber hecho nada de lo que hizo, si no fuese por la acción del Espíritu Santo, pues «Cuando el Padre envía al Verbo, envía también su Aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables». Si el mismo Jesús se dejaba llevar por del impulso del Espíritu, tanto más nosotros fieles seguidores de Cristo necesitamos implorar la guía del Paráclito y no extinguir su acción (cf. 1 Tes. 5, 19).

La vida del cristiano no es fácil, es dura y llena de cruces, no es bueno que el hombre transite este camino solo, necesita de una Guía y de un Consuelo. Esto lo sabía muy bien Jesús, es por esto que Él mismo dice: “Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se los enviaré.” (Jn. 16, 7).

El cristiano, en medio de un mundo tan alejado de Dios, tiene siempre la tentación al acecho para hacerlo desfallecer, entristecer y esconderse; los mismos apóstoles, una vez que Cristo hubo resucitado, se escondieron por miedo a los judíos, pero Jesús se presenta resucitado en medio de ellos y les da el Don del Espíritu Santo para perdonar los pecados (cf. Jn. 20, 19-22); y antes de ascender a los cielos, les encomienda la misión de predicar el Evangelio, con la promesa del Espíritu, diciéndoles: “pero cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra” (Hch. 1, 8).

Dios te ha escogido para una misión, y ésta solamente lograrás llevarla a buen término dejándote llevar por los impulsos que el Espíritu Santo pone en ti. Los Apóstoles esparcieron el mensaje de Cristo por todo el mundo, hicieron discípulos a todos los pueblos del Señor, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, agregaron tantas almas al número de los creyentes y vivieron el martirio, porque el Espíritu Santo estaba con ellos; y así, tantas almas alrededor de los siglos, que han vivido bajo la guía del Espíritu Santo, han alcanzado la santidad para ellos y para muchos.

Imploremos la acción del Espíritu Santo en toda nuestra vida, pidámosle que se haga “prisa” en nosotros, que nos mueva, que nos guíe, que nos fortalezca, que nos lleve a hacer todo lo que Dios quiere que hagamos, que nos santifique con su unción de diligencia y misión, que nos configure a Dios.

No neguemos la acción del Espíritu Santo, no lo entristezcamos, no lo durmamos ni lo esposemos de manos, dejemos que impulse nuestro caminar de fe, en nuestro día a día, que nos llene de sus dones y frutos, que nos colme de su alegría, que nos haga llevar muchas almas a Cristo por medio de nuestra oración y nuestro trabajo fuerte por la causa del Evangelio.

Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo,

Inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir,

cómo debo decirlo; lo que debo callar, lo que debo escribir,

cómo debo vivir. Lo que debo hacer para procurar la

Gloria de Dios, el bien de las almas y mi propia santificación.

Espíritu Santo, ilumina mi entendimiento y fortifica mi voluntad.

Amén.

Artículo escrito por nuestra colaboradora y católica con acción Eglis Cayama.

 

 

 

 

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4 Comentarios »

  1. Gracias por el texto muy explicito y de mucho bien para el crecimiento de la fe cristiana y decomo debemos pedir al espiritud santo q nos ayude en este caminar de encontrarnos con jesus y vivir segun sus preceptos.

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