“Su descendencia durará eternamente” (Salmo 89).

¡Venga tu Reino!
El otro día, hablaba cordialmente con el padre de un futuro seminarista. Las ilusiones y los miedos por dejar a su único varón correr el camino del sacerdocio eran el cuerpo de la plática. En un momento el señor adquiere un tono más solemne y me dice algo así: -usted no sabe lo duro que es saber que el apellido se perderá, el abrazar a un nieto que lleva tu mismo apellido-.

La conversación terminó pero no el eco de esas palabras.

Estoy comenzando mi cuarta década de vida y la idea de la paternidad desembarca en mi mente con frecuencia. Además del encuentro con este papá días más adelante, acompañando a un grupo de papás e hijos en la escalada al volcán de Santa Ana, en El Salvador. Platicaba con uno entre jadeos por la subida. -¿Cuántos años tienes?-, pregunté. –Cuarenta-, respondió. Me frené en el ascenso y le miré tenderle la mano a su hijo para trepar por un peñasco mientras el niño le llamaba papá. Me vi reflejado y experimenté nuevamente el deseo de la paternidad.

Dios ¿qué me quieres decir con esto? ¿sólo cuestión de la edad? ¿la crisis de los cuarentas? En varios momentos de la oración la pregunta ronda en mi mente y Él, Pastor bueno, me ha respondido, especialmente en dos momentos (y sé que lo seguirá haciendo).

 

  1. No a la rutina, si a la renovación del amor.

La tentación no es mala. Es permitida (no preparada) por Dios para que podamos elegir. Si sólo hubiera un camino no habría libertad. Por eso cuando se presenta “otra opción de vida” es la oportunidad de renovar los motivos de la que “ya elegí” y darme cuenta que mi opción (en mi caso por Dios), sigue siendo la misma (madurada en el tiempo). Es como el esposo que después de algunos años de casado se sorprende al sentirse atraído por una mujer más joven. Qué grandeza de alma cuando esa “atracción” es la alarma para traer a la mente el gran amor por su esposa. Los motivos por los que la eligió, y renovar el amor. Para mí las dos situaciones fueron momentos para volver a plantearme: Señor tú me llamaste al sacerdocio de tu Hijo. Han pasado algunos años de mi ordenación ¿quiero ser sacerdote? Tú conoces mi debilidad, tú conoces mi miseria y yo conozco que eres el gran amor de mi vida. Te amo Señor, gáname la batalla de mi entrega.

 

  1. Se me apareció San José

En la fiesta de San José de ese año, el 19 de marzo, escuché en el salmo de la misa: “Tu descendencia durará eternamente”. La primera lectura era la promesa de la descendencia de Abraham: “Sal de tu tierra y te haré padre de un gran pueblo”. El oficio de lectura nos colocaba el texto de la carta a los Hebreos: La fe es certeza.

San José no tuvo hijos carnales pero “su descendencia durará eternamente”. La paternidad carnal es hermosísima pero es “temporal”; en el cielo seremos todos hermanos. La paternidad espiritual es eterna porque la ejercemos como participación de la paternidad divina. Así es la paternidad de San José.

Por eso digo que se me apareció San José para decirme, en la liturgia y el oficio divino, que no tuviera un tesoro en este mundo, que no trabajara para las cosas de este mundo, sino para las del cielo que duran eternamente. Él era padre de Jesús y ese título que dura desde el nacimiento de Jesús hasta ahora y para siempre, era el signo de su fecundidad. En el Evangelio Jesús dice: No llames a nadie padre sino a Dios, que es nuestro Padre. Cuando la gente me llama: “padre” no lo hace porque yo sea “padre” sino porque por mi sacerdocio “llevo la paternidad de Dios” a los hombres. Eso me habló San José; no lo vi físicamente pero sí experimenté su abrazo. -¡Quiero ser papá!-, le decía. Me tapó la boca con su mano y me decía: -Ya lo eres y tu descendencia durará eternamente-. Por eso es patrono de los sacerdotes y vaya que me cuida.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Padre Óscar Cabello, LC.

 

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2 Comentarios »

  1. Muy buen testimonio y reflexión, ya que como hombres son tentados pero ayudados por Dios para renovar su amor al sacerdocio, al igual para nosotros los laicos que nos llama a ser santos somos siempre tentados, nos deja la libertad de escoger el mejor camino, ojala que Dios siempre nos guíe y nos ayude a elegir su camino, renovar nuestro amor por EL, y no serle infieles nunca, ayudados por sus ángeles y santos, como en este caso el gran San Jose. Oremos a el para que interceda a Dios por todos los sacerdotes. AMEN.
    Felicidades, y gracias por compartirlo Padre Oscar Cabello, Dios lo bendiga. SALUDOS.

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