“Los días del hombre son como la hierba: él florece como las flores del campo; las roza el viento, y ya no existen más, ni el sitio donde estaban las verá otra vez.” (Salmo 103)

Tenemos una curiosa tendencia a pensar que somos indestructibles. Al menos, la mayor parte de las veces actuamos como si tuviéramos garantizado un mañana. Como si la única posibilidad que hubiera fuera que a un día le sucederá otro, y así continuamente en una hilera de días sin fin.

Pero basta que tengamos un accidente o un simple atisbo de una enfermedad grave, por ejemplo un pequeño susto en una revisión cardiaca, para que veamos las orejas al lobo y nos demos cuenta de que la muerte está ahí. No acechando, porque la muerte no acecha. Nos acompaña desde que somos concebidos y hasta que llega el momento de acompañarla a ella.

Y ahí está: la certeza de que somos frágiles. De que un simple virus o un pequeño coágulo pueden hacer que tu vida termine de pronto. Se acabó el mito del ser humano indestructible. El ser humano es frágil en extremo.

¿Miedo? Sí, ¿por qué no? Somos humanos. Es normal el miedo. Pero, desde un punto de vista cristiano, podemos superarlo. Podemos prepararnos para el advenimiento de ese momento que va a llegar con una certeza del 100%. Y ese miedo se convertirá en expectación. En una oportunidad para ver la vida de distinta manera.

Si cada vez que nos relacionamos con otra persona tuviéramos presente que, quizá, esa va a ser la última vez que nos vea con vida, nos sería más fácil plantearnos si lo último que queremos que se lleve de nosotros sea que le mentimos o que le despreciamos. O si, más bien, preferimos ser personas que le llevaron esperanza o que le quisieron abrir una puerta a la Verdad.

Ese sentido de expectación nos haría ver como totalmente nuevo cada día y agradecerlo de corazón, porque tenemos un día más para tratar de llevar alegría y Verdad a este mundo desolado por el egoísmo y la autocomplacencia. Porque tenemos un día más para disfrutar de nuestra familia y educar a nuestros hijos. Como si tan solo fuera un segundo más. ¿Un segundo más viendo la sonrisa de tu hijo no es algo para agradecer? ¿Un segundo más siendo testimonio de Aquel que te anima no es algo para agradecer?

Nos vendría bien ser conscientes de nuestra fragilidad. Quizá así bajáramos un poco nuestro nivel de egoísmo y lo sustituyéramos por su contrario, el amor.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Jorge Sáez Criado

 

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