“Yo dormía, pero no mi corazón.
Y oí que mi amado llamaba a la puerta:
¡Ábreme, amor mío;
hermanita, palomita virginal!
¡Mi cabeza está empapada de rocío!
¡El rocío nocturno me corre por el cabello!’
‘Ya me he quitado la ropa;
¡tendría que volver a vestirme!
Ya me he lavado los pies;
¡se me volverían a llenar de polvo!’
Mi amado metió la mano
por el agujero de la puerta.
¡Eso me conmovió profundamente!”
(Cnt. 5, 2-4)

Esta pregunta tiene sólo una respuesta: ¡del tamaño del Amor de Dios! Pero entonces surge otra interrogante, un tanto más difícil de contestar: ¿Y de qué tamaño es el Amor de Dios?

Muchas veces hemos tratado de responder esta pregunta tan confusa, hay canciones populares en la Iglesia que, de forma dinámica y simple, vislumbran un poco la respuesta que se halla detrás del velo de nuestros ojos limitados; nos dicen que el Amor del Señor es «tan alto que no puedo estar arriba de él, tan bajo que no puedo estar debajo de él, tan ancho que no puedo estar afuera de él. ¡Grande es el Amor de Dios!». Ciertamente, sabemos que Su Amor es grande, tan grande como Él mismo, pues Dios es amor (Cf. 1° Jn. 4, 8); y como Dios es eterno e infinito, y su misma esencia es el amor, entonces Su Amor es como Él: Eterno e infinito.

Sin embargo, lo eterno, lo infinito es un concepto que se escapa de la comprensión de nuestra razón finita y limitada. Es por esto que, no pretendo dar una respuesta en unas pocas y humanas palabras a una pregunta cuya respuesta conoceremos a plenitud sólo el día en el que ese velo, que la cubre, se rasgue y podamos gozarnos en la mirada del rostro del Dios de la Eternidad, cuando nuestro ser destinado a la muerte, pase a formar parte de lo eterno de Dios y Su Reino. Con estas pocas y humanas palabras, deseo traer el amor divino a una tierna y sencilla expresión humana, pues ya lo hizo Jesús dejando todo el Amor Eterno de Dios en un humilde y cercano pedazo de pan y en unas cuantas gotas de vino.

La expresión más divina y a la vez más humana del Amor de Dios que en este caso quiero resaltar, es la Misericordia. A partir del 8 de diciembre, el Papa Francisco ha convocado el Año Jubilar de la Misericordia, éste es sin duda un impulso del Espíritu Santo que guía a la Santa Iglesia. La Misericordia, en palabras del mismo Francisco, es «el secreto de Dios», pues cuando practicamos obras de misericordia o somos sujeto de ellas, es cuando estamos más cerca del rostro del Dios-Amor, y, aunque aún tras un velo, ese divino rostro se va descubriendo más y más.

Nuestro amor ha de ser del tamaño de la Misericordia de Dios, de ese Amor Suyo que es capaz de esperar pacientemente a la puerta de nuestro corazón y tocar incesantemente, ese Amor que confía en que su amada oirá su voz y le abrirá, ese Amor que incluso mete la mano por el agujero de la puerta y conmueve al corazón más duro, ese Amor que quiere entrar y quedarse con el que le abre.

El Amor y la Misericordia de Dios son del tamaño de la espera que aguarda silenciosa y pacientemente al que ha hecho sujeto de Su Amor, mientras más larga es la espera, más demuestra su Amor, porque como nos dice San Pablo «El amor es paciente» (Cf. 1° Cor. 13, 4), y Él nos ha estado esperando amorosamente desde hace dos mil años.

Nuestro amor debe ser del tamaño del Amor de Dios, que se traduce en Misericordia paciente y sincera. Nuestro amor debe ser del tamaño del tiempo que nos quedemos consolando y compartiendo, con el que Dios ama y vive aún sumergido en su miseria. Cuanto más nos quedemos orando, consolando, visitando, compartiendo, escuchando, abrazando y riendo con la persona amada, tanto más mostraremos el Amor de Dios que es eterno. Pero todo esto con alegría, porque el amor es alegre; y la prueba de que de verdad estamos amando como Dios, es que la persona quedará llena de la alegría plena que trae todo encuentro con Dios.

“El que practica misericordia, que lo haga con alegría.” (Rm. 12, 8)

Artículo escrito por nuestra colaboradora y católica con acción Eglis Cayama.

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