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“Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir y que la muerte carece ya de poder sobre Él. Su muerte implicó morir al pecado de una vez para siempre; más su vida es un vivir para Dios. En consecuencia, también vosotros debéis consideraros muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Romanos 6, 8-11)

La experiencia nos dice algo muy importante sobre nosotros y nuestra naturaleza, algo que san Pablo ya resumió de forma muy acertada: queremos el bien, pero tendemos a hacer el mal. Esto se debe a nuestra naturaleza caída, que nos impulsa hacia el pecado.

Sin embargo, la sociedad en la que vivimos procura hacer oídos sordos ante tal evidencia. Disfraza el mal y embota la conciencia para que nos quedemos con la falsa y peligrosa idea de que el hombre es un progreso continuo hacia las mayores cotas del bien. Incluso, llegando al extremo, han surgido ideologías en las que se busca que el hombre se convierta en una especie de diosecillo del tres al cuarto, pudiendo arrogarse la capacidad de elegir lo que está bien y lo que está mal. Nietzsche es un conocido exponente de esta idea.

No nos engañemos: pretender ponerse por encima del bien y del mal no quiere decir otra cosa que elegir el mal sin necesidad de justificarlo a la propia conciencia, si es que no está ya deformada por completo. Es decir, no es más que una excusa para hacer lo que a uno le apetezca, con la pretensión de que las consecuencias de los propios actos no nos alcancen. Porque, si se tratara de elegir el bien, no habría necesidad de algo tan rimbombante. Se elige y punto. Pero el mal necesita justificarse, ya que no es primario. Lo primario, lo original, es el bien. El mal necesita, para existir, la referencia al bien. Y sí, nuestra naturaleza está caída. Pero también seguimos siendo imagen de Dios, aunque sea una imagen desenfocada, aunque a veces parezca que sólo queda un mínimo vestigio de tal dignidad.

Tenemos que recordar que, a pesar de nuestra caída, también es verdad que hemos sido alzados del fango a un precio muy alto, la sangre del Hijo. No estamos abandonados a nuestra suerte en este mundo. Por las heridas del Hijo hemos sido sanados (Isaías 53, 5). Sin embargo, la lucha continúa durante toda nuestra vida.

Bien y mal luchan en nosotros y la elección es fácil, aunque la voluntad flaquee de continuo. Pero mientras haya lucha, habrá victoria.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Jorge Sáez Criado

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3 Comentarios »

  1. Es cierto vivimos en una gran lucha por nuestra condicion de concupiscencia-situación que mejoraria enormemente si fuésemos constantes y fieles a la oracion …es todo un estilo de vida .descubrir y adherirse al amor de cristo con fe y esperanza en su misericordia

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