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“Pilato le preguntó: «Entonces, ¿tú eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz.» Pilato dijo: «¿Y qué es la verdad?»…” (San Juan 18, 37-38)

¿Quid est veritas? La mayor parte del tiempo vemos el mundo como nublado, como aparecen ante nuestros ojos los objetos a través de la niebla, hasta el punto de llegar a creer que las nubes son el mundo. Da la sensación de que tenemos una especial capacidad para confundir las cosas, para perdernos en una mezcla de disquisiciones y sentimentalismos exacerbados que no llevan a nada pero que nos reconfortan, nos ayudan a no reflexionar con seriedad, a encerrarnos en nuestra particular visión de nosotros mismos.

¿Por qué? Porque la verdad nos hace darnos cuenta de que somos débiles. Cada ser humano, en su soledad, si se para a pensar, se dará cuenta de que está indefenso. De que es débil. De que es frágil. Eso podría llevarle a una sublimación, a seguir avanzando en la verdad. Pero da miedo. Mucho miedo. Estamos demasiado acostumbrados a pensar que somos capaces de todo, que lo tenemos todo dominado, que somos equilibrados, incluso buenos. Y, ante el espejo, vemos las imperfecciones. Vemos nuestros pecados. Vemos que nuestras murallas, que tanto ha costado levantar, están resquebrajadas y sólo necesitan un pequeño empujón para caer. Y, como no queremos salir de nuestra falsa seguridad, elegimos distraernos. Elegimos la niebla, las prisas, el ajetreo. Lo que sea que pueda dar la sensación de ser capaz de apuntalar esas murallas. Lo que sea. Menos la verdad.

Parece que la verdad ha desaparecido entre esas nieblas, prisas o sufrimientos. Parece como si nunca hubiera existido, como si toda la verdad a la que pudiéramos aspirar fuera la que seamos capaces de construir con nuestras propias fuerzas. Pero no es así. La verdad no puede desaparecer. Es imposible. Y, probablemente, es lo que más miedo pueda dar de ella. Se mantiene constante, siempre igual, siempre. Podemos pretender ser los más relativistas del mundo, pero no es más que una mentira retroalimentada por nuestros propios engaños. Todos sabemos que la verdad existe y que no tiene por qué coincidir con nuestras particulares preferencias, aunque a veces no queramos reconocerlo.

El mismo Pilato, estando delante de Jesús, delante de la Verdad, hizo la pregunta con la que abro este texto: “¿Qué es la verdad?” Él bien lo sabía. Eso no lo podemos negar. Él sabía que estaba ante alguien inocente. Pero prefirió disfrazar su miedo de prudencia. Puede que ignorara que estaba ante el mismo Dios, ante la Verdad con mayúscula. Pero él sabía que esa persona que tenía delante no debía ser condenada. Y se ocultó tras un gesto tan pobre como lavarse las manos. Como si pudiera transferir la responsabilidad de sus actos a otros.

Nos parecemos mucho a Pilato. Tampoco queremos, muchas veces, reconocer nuestras culpas, reconocer la verdad de lo que somos y a lo que eso lleva. Y es una pena, porque darse cuenta de nuestras miserias es el primer paso hacia la verdad que nos hace plenos, porque sólo la verdad nos hace plenos, no es algo que puedan lograr los sucedáneos. Y la verdad es que, incluso siendo miserables, fracasados, tristes, torpes, somos amados hasta el punto de que el mismo Dios decidiera sacrificarse por nosotros.

Como decía siempre en misa mi antiguo confesor: “nos reconocemos pecadores, pero queridos y amados por Dios”. Nuestra debilidad no es el final de lo que podemos ver en el espejo. En absoluto. Es el principio. Detrás de esa debilidad se esconde algo más complejo, más valioso que todo el universo material. Se esconde la imagen de Dios. Sin eso, no valdríamos nada. No tendría ningún sentido nuestra existencia, no tendría ningún sentido que seamos capaces de admirar la belleza, que queramos desentrañar los misterios del universo.

Pero somos la imagen del que creó el universo. Eso lo cambia todo. Somos algo más que pobres criaturas que rondan por este planeta intentando satisfacer necesidades mientras procuran esconder la enorme lista de miedos que no queremos reconocer pero están ahí. Somos mucho más. Muchísimo más.

Y ahí está la diferencia. Esa es la verdad del ser humano. La que esconde la débil imagen del espejo.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Jorge Sáez Criado

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