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“Una voz grita en el desierto: ‘Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto. Todo el mundo verá la salvación que Dios envía.” (Isaías 40 3, 5)

Hoy, quisiera exaltar las cualidades de un gran santo, que vivió haciéndose el más pequeño, que vivió como «una voz que grita en el desierto»… hoy quiero exaltar las cualidades de San Juan Bautista, como modelo de cristiano. El nombre Juan significa “el Señor hace gracia” y, ciertamente, en este hombre justo se puede vislumbrar la Fidelidad y Misericordia de Dios que quiso hacerlo santo para traer por medio de él luz al mundo; sin duda alguna, el Señor ha hecho gracia en él.

Su nombre le fue dado de lo alto, pues fue el mismo Dios quien lo escogió desde el seno de su madre para que fuera «luz de todas las naciones» (Cf. Is. 49, 6), para que le preparara el camino a Su Hijo. Juan predicó la Buena Noticia del Señor desde antes de nacer, pues Dios así lo quiso, desde el mismo momento de su concepción, trajo luz y bendición a su casa, liberando a su madre del desprecio de la gente; también el anuncio de su nacimiento probó la fe de su padre y el cumplimiento de la promesa de Dios, con su nacimiento, fue prueba de la fidelidad de Dios y liberación del espíritu de Zacarías, que estalló en alabanzas y cánticos al Señor, después de meses de enmudecimiento a causa de su incredulidad.

El pequeño Juan, a quien el mismo Jesús en su predicación llama «mucho más que un profeta» (Cf. Lc. 7, 26) y «el más grande de todos los hombres» (Cf. Lc 7, 28), vivió la santidad en la perfección del cumplimiento de la Palabra de su Señor, viviendo una vida de austeridad y completo sometimiento al Mensaje Divino, pregonándolo en medio del desierto. El desierto, en las Sagradas Escrituras, es el lugar de encuentro con Dios, es lo contrario al Paraíso, del que se hizo indigno el hombre cuando pecó, pero donde Dios baja a presentarse ante su criatura amada y, con su presencia, Dios lo transforma en tierra sagrada, en lugar de conversión.

El desierto es un lugar inhóspito, árido, cambiante, peligroso, infértil y desolado… paradójicamente, Dios lo ha querido como lugar de acogida de su pueblo, donde se da el maná implorado, donde el alma vuelve su mirada y la fija en su Creador, donde el Señor la carga y la protege en sus brazos amorosos, donde se encuentran a solas los dos, Dios y el alma, en diálogo íntimo de amor. En el desierto, Dios revela Su Nombre (Cf. Éx. 3, 14); al desierto Jesús es llevado por el Espíritu Santo para ser puesto a prueba por el demonio (Cf. Mt. 4, 1); en el desierto, Jesús gustaba de orar al Padre (Cf. Lc. 5, 16) y en el desierto, Dios le hace morada y ambón a Juan el Bautista (Cf. Mt 3, 1-3).

El Bautista, desde el vientre de su madre incluso, siempre vivió en el desierto y desde allí siempre se elevó su potente voz. San Juan Bautista vivió en silencio el desierto de la prueba de fe de su padre Zacarías (Cf. Lc 1, 5-22); vivió en el desierto, lugar de encuentro entre el Hijo de Dios y los hombres, encuentro íntimo como cuando escuchó el saludo de María desde el vientre de su madre y saltó de alegría movido por el Espíritu Santo que en la voz de la Virgen cantaba, desde la Fuente que se hallaba descansando en sus entrañas (Cf. Lc. 1, 39-41); vivió en el desierto, donde Dios le dio nombre y lo consagró como ‘Juan’, el profeta de las naciones (Cf. Lc. 1, 63).

Así, con fortaleza de espíritu, se dirigió al desierto en la plenitud de su vida y allí la consagró plenamente al Señor, consagrando también a todo el que oyera su mensaje, bautizando con agua y preparando la venida del Bautismo con el fuego del Santo Espíritu (Cf. Lc 3, 2-3). Juan fue un hombre de un inmenso amor a la Voluntad de Dios, un amor tan fiel y perfecto que fue capaz de abandonarlo todo para poder acoger al Amado por completo, éste es el amor que pide ser anunciado a los cuatro vientos, aunque sea en medio del desierto.

“La voz que grita en el desierto”, es la voz del alma que ama, el grito de quien ha sido seducido por el Dios Amor, el clamor incansable de aquel que está tan enamorado de la Ley de su Señor que no puede callarlo, ¡tiene que gritarlo!… La voz de Juan es la voz del más grande de los profetas, una voz que denuncia la injusticia, la falta de amor y fe de la humanidad que ha sido sujeto del Amor Predilecto de Dios, y anuncia la conversión, la vuelta a los brazos de ese Dios Amor.

Y esta voz rompe el silencio, puebla la soledad del desierto, este grito que es más fuerte que el ímpetu de los vientos, llena del calor del Espíritu de Dios a todo el que tiene oídos y vaga por esas tierras, y ese clamor llega a los corazones arrepentidos y necesitados de la Misericordia Divina y lleva a la conversión, de vuelta al Dios que los llamó y los sacó del desierto.

Gritar en nuestros desiertos actuales puede parecer ilógico, pues parece no haber nadie que escuche tu grito, pero en el desierto vagan muchas almas perdidas buscando agua, y tu grito puede ser el oasis de agua viva de Salvación que éstas necesitan, como lo fue Juan el Bautista. Dios no te llama a una misión imposible o sin sentido, Dios te llama a llamar a gritos gozosos a sus hijos, que se hallan perdidos en el desierto de sus tristezas y pasiones.

¿Cómo hacerlo? Muchas veces necesitamos volver a donde Dios nos sacó una vez, para encontrarnos nuevamente con nuestra miseria y, en ella, ver Su Misericordia,; y en ese encuentro, es necesaria siempre la voz de un alma que ya se ha encontrado con Dios que te enseñe el camino de vuelta a Él, el camino que ya trazó con sus propios pies heridos una vez. Y cuando vuelvas a Él dirán de ti, de tu alma, los cantos que brotan alegres de la voz que grita el nombre de Dios: «¿Quién es esta que viene del desierto, recostada en el hombro de su amado?» (Cnt 8, 5); es tu alma que ha sido librada del pecado.

Al final del camino, querrás que tu voz sea tan fuerte como el tornado y tan potente como un centenar de truenos en la tempestad, para tan solo gritar las maravillas de Dios, para ser sólo otra voz que grita en el desierto del corazón de la humanidad. Todo cristiano está llamado a ser, como el Bautista, una voz que grita la grandeza de Dios en medio del desierto de la humanidad, sin importar lo difícil o tonto que parezca, sin importar cuánto tardes en encontrar alguien que quiera escuchar tu grito, sin importar si es sólo un alma la que te escucha, lo único que importa es que Dios, en su infinita Bondad, se ha fiado de ti para procurar la Salvación de esa alma que quiere escuchar SU VOZ.

“Sagrado precursor de Cristo, que santificado en el vientre de vuestra madre, fuiste la admiración del mundo en el ejercicio de las virtudes y en los privilegios con que te enriqueció Dios. Ángel en la castidad, Apóstol en el celo y predicación, y Mártir en la constancia con que por reprender al incestuoso Herodes ofrecisteis la cabeza al cuchillo, y en las luces sobrenaturales de que te dotó el cielo, profeta del que llegó a decir el mismo Cristo: “Entre los nacidos de las mujeres ninguno mayor que Juan Bautista”, suplica al Señor que:

Por tu penitencia, me haga mortificado,
por tu soledad, recogido,
por tu silencio, callado,
casto por tu virginidad,
espiritual por tu contemplación,
e invencible a mis pasiones por la victoria que tu alcanzaste de tus enemigos,
para que logre verte en la patria eterna. Amén.

 

Artículo escrito por nuestra colaboradora y católica con acción Eglis Cayama.

 

 

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5 Comentarios »

  1. En varias versiones de la Biblia en español descubrí que la traducción de Isaías dice que hay que preparar el camino al Señor “en el desierto”
    Lo que se interpreta como desapego de las cosas del mundo.

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  2. mi señor Jesús lo saca del de sierto “”cual es ese desierto “””” las droga el alcohol la adición ala pornografia cte joven no te dejes seducir por enemigo sigue adelante dios esta con nosotros
    gloria dios

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  3. A veces el desierto ha sido muy árido para algunas personas as q han endurecido su corazón, y es muy díficil penetrará esa al a amurallada, creo q en un caso así ,lo único posible es orar por la co versión de esta persona.

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