cuando-el-amor-de-Dios-gana

“Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Quien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable” (Cantar de los Cantares 8, 6-7)

En estos últimos días se ha puesto de moda la palabra amor y tal pareciera que estamos siendo testigos de un nuevo movimiento amoroso que invade la cultura, tal como aconteció a finales de los 60´s y principios de los 70´s, con aquel acontecimiento que se destacó por el lema de “paz y amor”. Cuando surgen movimientos como el antes mencionado, afirmo, sin temor a equivocarme, que nos convertimos en testigos de la “monopolización del amor” por una industria oscura, que tiene como objetivo primordial deshumanizar al ser humano. El amor se instrumentaliza de tal forma que se vuelve un mero producto envasado, listo para ser consumido… ¡Y vaya cuantos lo compran!… Y actualmente la historia se vuelve a repetir, pero con un aire renovado: “el amor gana”.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Deus Caritas Est” (“Dios es Amor”) afirma lo siguiente: “El término «amor» se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes” (Deus Caritas Est N° 2)

Tristemente los católicos no estamos exentos de esta nueva estrategia del enemigo con el que, no solo se le dan diferentes acepciones al amor, sino que se le termina cosificando, se vuelve un producto tipo “comida rápida”; es más, muchos de nosotros no solo consumimos el “nuevo producto”, también nos convertimos en verdaderos canales de distribución de este, por eso es imperativo hablar del amor, a la luz del magisterio de la Iglesia.

A esto hay que agregar que el envoltorio del nuevo producto es el individualismo, porque es el aspecto que más ha destacado y el que ha triunfado por encima de todas las ciencias en la sociedad actual; quizá sus defensores ni se lo hubieran imaginado hace unas décadas atrás, pero es bien cierto que domina el motor social en casi todo el planeta. Y este individualismo ha llegado a ser el envase perfecto del amor: ¡Ama como quieras!, ¡Eres libre, todo es amor!, ¡El amor no tiene fronteras!, ¡El amor gana!…

Tal parece que hemos perdido la perspectiva de amor, y este es un aspecto de la vida del ser humano que no puede ser individualizado, porque el amor siempre está en función de los demás, porque el amor viene de Dios y nos lleva hacía Él, por medio del prójimo, el amor es tan “divino como humano” y “tan humano como divino”. Hay que tener claro que el amor es un bien divino, un bien que Dios ha querido compartir con el género humano, porque DIOS ES AMOR (1ª Jn. 4, 8. 16). Dios creó al ser humano por amor, por amor lo dotó de libertad, por este mismo amor le ha perdonado, le ha salvado y le ha ofrecido una Vida Nueva. Cuando Dios creó al ser humano no solo lo creo a su imagen, también lo creo a su semejanza, es decir, somos semejantes a Dios porque poseemos una naturaleza espiritual y la esencia de esta naturaleza espiritual es el AMOR (1ª Jn. 4, 20- 21; Jn. 15, 9. 12).

La sociedad actual presenta un “triunfo del amor”, sin la fuente de donde este proviene: Dios. Es claro que se pretende que la humanidad ame sin Dios, ya se ha sacado a Dios de las escuelas, de las universidades, de las ciencias, de todo lo que tenga que ver con la sociedad actual… ahora parece que se pretende expropiar a Dios del amor. Estamos nuevamente reviviendo el relato de la caída (Gn. 3, 1- 6), este se vuelve a repetir hoy en día y con mayor fuerza, con la única finalidad de exaltar al ser humano por encima de Dios mismo, tal cual se narra en el Génesis.

No puede haber un triunfo del amor si por medio de este no se reconoce a Dios en el prójimo; no puede existir un triunfo del amor si en nombre de este “gano yo” y pierden todos los que están contra mí; no puede haber triunfo del amor si este “amor” me aleja de Cristo.

Esta crítica no es para los que no creen, esta crítica es una reflexión para todos aquellos que día a día, domingo a domingo profesamos la Fe cristiana y nos hemos dejado llevar por el lema “el amor gana”, es decir, por ese falso triunfo del amor sin Dios. Estimado lector, Dios es eterno y en su eternidad Él es invariable, sus decretos no cambian, somos nosotros los que pretendemos cambiar sus mandamientos y adaptarlos a nuestra conveniencia, para sustentar nuestras maneras DE vivir la vida; somos nosotros los que pretendemos hacer un Dios a nuestra medida, que se amolde a nuestros caprichos, a nuestras pasiones, a nuestro individualismo.

El amor de Dios gana cuando en mi interior reconozco que hay un Ser que me ama con locura y que dio a su Hijo único para salvarme (Jn. 3, 16), también gana, cuando reconozco que está presente en cuanta persona se cruza frente a mis narices, gana, cuando reconozco que para acceder a este amor debo volverme hacia Él y vivir sus mandamientos; el amor de Dios gana, cuando viviendo sus mandamientos obtengo mi libertad, gana cuando hago a un lado lo que yo quiero y ofrezco mi ser para que Él haga de mi lo que Él quiera, gana, en supremacía, cuando estando en gracia opto por tomar la Sagrada Comunión y ser partícipe de su intimidad misma.

Afirma Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est que “el amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente, el amor es « éxtasis », pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí” (Deus Caritas Est N° 6)

No te dejes llevar por el triunfo de ese amor monopolizado y egocentrista, si dentro del amor que promueve la sociedad actual y el mundo no está Dios, este es un amor envasado, un falso amor; no creas que Él está en todo lo que se llame “amor”, así como tampoco está en todo lo que veas etiquetado como tal, o cuando escuches la palabra amor, porque Dios y su amor estará en lo justo, en lo recto, en la renuncia y sacrificio, en lo que proviene de la verdad. Recuerda que el amor de Dios no es moda, porque esta es pasajera, el amor de Dios es eterno y perfecto porque Él también lo es. El amor gana, cuando Dios gana, el amor gana, cuando todo se configura en Él y hacia Él

“Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, es servicial, no es envidioso ni busca aparentar, no es orgulloso ni actúa con bajeza, no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona, nunca se alegra de la injusticia, y siempre se alegra de la verdad. Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1ª Co. 13, 2-7)

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Pedro Mira.

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