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¡Ecce Panis Angelorum!

“He aquí el Pan de los Ángeles”… Todavía suenan las campanas, se oyen las trompetas y tambores, las guitarras y panderos, pétalos de rosa por los aires, alfombras de los más diversos tipos, banderas seguidas de una multitud de fieles en donde se observa la enorme creatividad del Espíritu Santo en las distintas cofradías, movimientos, grupos parroquiales, asociaciones laicales, congregaciones religiosas, seminaristas, jóvenes, familias, niños… todo ello, riqueza de la Iglesia que al unísono cantaron llenos de Fe y Amor lo que nuestra Madre nos ha enseñado durante 2000 años: “Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados.” (San Mateo 26, 26-28) ¡Tantum Ergo Sacramentum! (“Tan augusto Sacramento”).

En la IX semana del tiempo ordinario del año 2015, jueves en algunos países, domingo en otros, el orbe católico celebró una fiesta muy especial y muy querida por todos los cristianos, una fiesta muy propia y significativa de nuestra Fe: La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, también conocida por su nombre latino de “Corpus Christi”. Esta celebración está ubicada ya una vez terminado el tiempo de Pascua, después de las fiestas de Pentecostés y de la Santísima Trinidad; podríamos decir que es una especie de síntesis del mensaje evangélico que resume el contenido tanto de la cuaresma como el tiempo pascual: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó Su Hijo único, para que todo el que crea en Él no muera sino que tenga vida eterna” (San Juan 3, 16).

Éste es el gran don de Dios a la humanidad: Jesucristo, que ha querido quedarse con nosotros no solamente en nuestra mente y en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado, no solamente en la Sagrada Escritura como la Palabra de Dios o en la Iglesia Católica como el Cuerpo Místico de Cristo, sino también de una forma tan pero tan cercana, tan humilde y sencilla, tan tierna pero tan tierna que causa una conmovedora admiración; me refiero a la Santísima Eucaristía, al pan y vino consagrados en la misa que son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

¿Por qué la Eucaristía? ¿Cuál es la esencia de esta solemnidad? Recordemos las palabras de Jesús “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre… El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna… permanece en mí y yo en él” (San Juan 6, 51. 54. 56; Catecismo de la Iglesia Católica, 1406).

La palabra clave es VIDA; queridos amigos, Cristo vino al mundo para que “tengan vida y vida en abundancia” (San Juan 10, 10). Cristo no nos quiere tristes, cabizbajos, desanimados, aburridos de la vida… ¡No, nada de eso tiene que ver con Cristo y su auténtico mensaje! Jesús quiere que vivamos cada uno, cada una, nuestra vida a plenitud, con pasión, entrega y generosidad; que seamos testigos de la alegría de ser cristianos, de esa paz que sólo Cristo puede dar, del consuelo de saber que en nuestro peregrinaje en este mundo no estamos solos, nos acompaña Cristo Eucaristía que nos ha prometido quedarse con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”; de esa profunda alegría de sabernos amados por Jesús, con el amor divinamente humano que brota de Su Corazón y que celebraremos en la próxima solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, ese Corazón que late en la Eucaristía y que de verdad hace milagros. Me permito contarles una pequeña historia.

En 1906 un maremoto en las costas del pacífico sacudió las playas occidentales de Sudamérica; dicen testimonios de gente de Panamá que cuando sucedió este maremoto, vieron como “de pronto como una enorme ola cubrió el puerto, entró en el mercado llevándose todo, las embarcaciones fueron lanzadas a distancia, causando innumerables desgracias”. Este mismo maremoto afectó las costas occidentales de Colombia, en lo que hoy es la Isla de Tumaco. La crónica reporta que toda la población de esa isla fue con el Padre Gerardo Larrondo: “Padre se fue el mar, se fue el mar” exclamaban; el Padre Larrondo con prontitud consumió todas las formas consagradas pequeñas y se quedó con la Hostia Magna. El Padre Larrondo le dijo al Pueblo, “Vengan todos, hagamos procesión con el Santísimo Sacramento en la Isla y que Dios se apiade de nosotros” y así lo hizo. El Padre Gerardo dice la crónica de los hechos del 31 de enero de 1906 que “con la custodia en la mano y con el corazón lleno de Fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, trazó el signo de la cruz sobre la ola que se acercaba a la isla, la gente que estaba alrededor del padre con lágrimas en los ojos empezó a exclamar, milagro, milagro, al darse cuenta que la ola empezaba a perder velocidad y altura, llegando hasta las rodillas del Padre, en aquél 31 de enero de 1906, para la Gloria de Dios”

El relato que les acabo de contar es una experiencia de Cristo Eucaristía muy especial, completamente milagrosa, pero no por ello rara o reservada para cierto tipo de personas. Cristo en la Eucaristía es de hecho el milagro de los milagros, que sucede todos los días y que deja huella en todo lugar y circunstancia.

Hace algunos años fui testigo de otro milagro eucarístico. Viviendo en Nueva York como seminarista estudiante de filosofía, tuve la oportunidad de participar en la procesión de Corpus Christi que organizó la Arquidiócesis de esa ciudad. La procesión salió de la Catedral de San Patricio que se ubica sobre la quinta avenida; de pura “suerte” me tocó cargar junto con tres religiosos de la Legión de Cristo, el canopeo (que es la especie de techito que cubre el Santísimo de la lluvia y el viento durante las procesiones). Recuerdo que cuando abrieron la puerta principal de la Catedral y conforme íbamos saliendo me impactó muchísimo ver la estatua del Atlas cargando la Tierra, ubicada a un lado del Rockefeller Center justo frente a la Catedral, literalmente parecía que aquella colosal estatua, imagen del poder del mundo secular, hacía una profunda genuflexión a Cristo Eucaristía. Salí de la Catedral junto al Santísimo y empecé a caminar sobre la 5ª. Avenida. Ustedes se podrán imaginar lo que fue esa experiencia, caminando con Jesús a lado de cientos de personas de los más diversos orígenes, con las patrullas resguardando la procesión y con el mar de rascacielos en el horizonte.

Durante la procesión veía como muchas personas se hincaban y oraban, y escuchaba algunas otras diciendo “¡Señor, ten piedad!”, “¡Señor, ayúdame!”, “¡Dios mío!”… Muchos lloraron, fue un momento de conversión muy especial, un auténtico milagro eucarístico porque el milagro más importante que produce la Eucaristía es la conversión de nuestros corazones. La procesión concluyó con la bendición eucarística a las afueras de la Catedral, donde policías, bomberos, hombres de negocios, migrantes, turistas, y todas las personas que acompañaron al Señor Jesús en la Eucaristía pudieron tener un encuentro profundo con Él.

Hemos celebrado la fiesta del Corpus Christi y nos podríamos preguntar, ¿Qué me ha dejado esta celebración en mi vida personal? ¿Qué me dice este milagro de amor en el hoy de mi vida? Si no has tenido la chance de estar un ratito a solas con Jesús en el Sagrario, ¡No dejes pasar la oportunidad y ve tras Él! La Eucaristía es el corazón y cumbre de la vida de la Iglesia y por ende de nuestra vida como cristianos; por ello, tanto la Adoración Eucarística como la comunión tienen como fin nuestra transformación interior. ¿Te hace falta Fe? Visita el sagrario y pide el don de la Fe; ¿Te es difícil ser hombre o mujer de esperanza? Escucha a Cristo en la Eucaristía, el mismo que murió y resucitó venciendo al mundo que por momentos parece ganarnos la batalla, ¿No puedes salir de ti mismo, de ti misma? Contempla a Cristo en la Santísima Eucaristía y observa cómo se dona a todos, sin excepción en cada comunión, como escucha todo de todos en la oración y aprende de Él de su ejemplo de mansedumbre y humildad de corazón.

La fiesta de Corpus Christi así como la próxima Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos da la oportunidad de renovar nuestra amistad con Jesucristo, de hacer una buena Confesión, también de hacer oración, suplicando a Cristo en la Eucaristía por diversas necesidades, por la Iglesia y el Papa, por nuestras diócesis, por los enfermos y encarcelados… de manera muy especial por los sacerdotes, por los que sufren, los que son perseguidos, los que se sienten muy débiles o tentados… por los jóvenes que han sido llamados al sacerdocio y que están en preparación para que Dios les siga sosteniendo en su entrega generosa y total a Cristo y a la Iglesia; también para rezar mucho por las vocaciones.

San Juan María Vianney decía que “el sacerdocio es amor del Corazón de Jesús” por lo cual en estos días podemos rogar a Dios con todo el corazón que envíe obreros a su mies, para que los jóvenes que han sido llamados a trabajar en la viña del Señor respondan con generosidad y no tengan miedo de vivir una vida heroica, de entregarse completamente a Cristo seguros de que Él nunca, pero nunca, les defraudará; porque Él es “La mejor parte”, verdad confirmada a lo largo de los siglos, por tantos hombres y mujeres que han encontrado en el Señor, el amor de su vida.

Que la Eucaristía nos renueve constantemente en nuestro amor a Jesús y que el Sagrado Corazón nos conceda una experiencia de Dios similar a la de San Pablo para “que Cristo viva en sus corazones por la fe, y que el amor sea la raíz y fundamento de sus vidas. Y que así puedan comprender con todo el pueblo santo cuán ancho, largo, alto y profundo es el amor de Cristo… que es mucho más grande que todo cuanto podamos conocer, para que lleguen a colmarse de la plenitud total de Dios” (Efesios 3, 17-19).

 

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción el Hermano Ignacio Bello, L.C

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