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El presente artículo no tiene nada que ver con alimentos o salud alimenticia, tampoco es un escrito sobre motivación personal. He escrito este artículo con la finalidad generar una reflexión sobre la realidad del cristiano católico, en base a una conocida y controvertida lectura narrada por el Evangelio de san Juan.Para situarnos en contexto, podríamos tomarnos el tiempo de leer Jn 11, 1- 45, lectura que se refiere a la resurrección de Lázaro.

Después de leer dicha cita podría preguntarte, ¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza después de leer el pasaje?, muy probablemente pienses, ¡Qué excelente narración!, ¡La resurrección de Lázaro!, ¡La comprobación que por Cristo resucitaremos!; entre otros pensamientos. Ahora bien, ¿Te haz puesto a pensar que este relato tiene algo que ver con nuestras realidades de vida? Pues bien, en este punto me quiero detener.

“Había un hombre enfermo…” de esta manera inicia la narración de la historia de este amigo de Jesús llamado Lázaro . Muy probablemente creas que hace referencia a una enfermedad física, pero mi reflexión no va encaminada hacia una dolencia física; más bien, a una espiritual. En efecto, Lázaro el amigo de Jesús estaba enfermo y posteriormente muere.   Lázaro no murió porque era un inmundo pecador o porque estaba lejos de Jesús, murió para que Jesús nos mostrara que todo aquel que está unido en amistad con Él, vivirá en Él; y para estar unido en amistad con Cristo, tenemos que renunciar constantemente a todo pecado, a nuestros resentimientos, a nuestro ego.

No quedemos maravillados porque Lázaro tuvo la suerte de vivir algunos años más y la mala suerte de tener que morir otra vez. Este milagro es solamente el anuncio de la verdadera resurrección, que no consiste en una prolongación de la vida terrena, sino en la transformación de nuestra persona. La resurrección es espiritual, a pesar de que afecta a toda nuestra persona. Empieza desde el primer momento en que la fe nos hace salir de nuestra mezquina manera de vivir, para abrirnos a la vida de Dios.

Es deber del cristiano transformar su vida, volver todo su ser a Dios, hacer operante el plan de salvación que Él tiene para cada uno de nosotros en Jesús; pero, nuestros pecados nos privan de la gloria de Dios (Rm 3, 23); por eso, nuestra renuncia constante y decidida adquiere especial valor, porque muere el hombre viejo, y del sepulcro abierto por Cristo emerge el hombre nuevo, transformado y renovado; en otras palabras, transfigurado.

Según se puede apreciar en la cita, es obvio que Jesús permite la muerte de su amigo, con esto que podemos afirmar que Jesús permitió la muerte de Lázaro para mostrarle al mundo que fuera de Él, no hay vida. En efecto, la plenitud de vida que toda persona anhela no se alcanzará nunca sino se configura hacía Cristo; por tanto, es preciso una metanoia (cambio de una conducta a otra) en el interior del ser que se manifieste al exterior, en el actuar de la persona. Es por eso que las palabras de Jesús “esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para gloria de Dios…”, hacen referencia a un proceso de renuncia, en que el cristiano entrega su “viejo yo” a la podredumbre (enfermedad) para dar paso a una nueva persona, glorificada en Cristo.

Por eso si te consideras amigo de Jesús, al igual que Lázaro, es porque en tu vida has experimentado de una u otra forma, el amor misericordioso de Dios; pero este amor se corresponde expresando una renuncia que nace en el interior del ser, y se manifiesta al exterior por medio de una conversión constante. Es necesario evaluar periódicamente como avanza este proceso de conversión personal, que da paso a la vida de fe, la cual es necesaria para obtener la gracia a los ojos de Dios. Esta vida de fe, no es más que aceptar a Jesús como salvador personal, y cuando esto sucede, muere el hombre viejo para dar paso al resucitado hombre nuevo.

“No se trata sólo de restituir un muerto a la vida sobre la tierra. Se trata de la vida “eterna”; de la vida en Dios. La fe en Jesús es el inicio de esta vida sobrenatural, que es participación en la vida de Dios; y Dios es Eternidad. Vivir según  Dios equivale a decir vivir eternamente”  Juan Pablo II Homilía 5/2/1987

Por tal motivo, te invito a reflexionar sobre tu vida, a que descubras aquello que necesitas cambiar, a que identifiques ese hombre viejo que impide que vivas la vida de gracia (la vida de Dios), para que una vez identificados esos aspectos te dirijas al sepulcro y Cristo mande quitar la piedra y te grite con voz fuerte: ¡Sal fuera!

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Pedro Mira

 

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4 Comentarios »

  1. ¡Gracias por animar nuestra fe. Creo que es el Señor quien con su gracia y misericordia va transformando mi vida, por supuesto con la luz y fuerza del <espíritu Santo y vosotros con vuestras reflexiones.

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