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“Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su propio Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y en la resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra” (Papa Francisco).

La Semana Mayor de nuestra fe nos invita a una reflexión profunda, a llegar al fondo del misterio de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, nos invita a ver más allá del hecho histórico, aún más allá del cumplir, asistiendo a las respectivas misas y procesiones. Nos invita a ver a Jesús crucificado a los ojos, ver los ojos de ese ser humano cuyas huellas pisaron nuestra tierra hace dos mil años, quien nos enseñó como se debe amar a Dios y a nuestro prójimo. Nos invita a profundizar en su misterio, entender su misión, tomarla y hacerla nuestra, para que en su resurrección podamos arder en su fuego de amor y transmitirlo.

Viendo a Jesús a los ojos, estando nuestro Rey en la cruz, con todo su dolor y sacrificio, debemos movernos nosotros junto a sus seguidores a cumplir la misión que él nos llama a hacer. Si realmente creemos que es el camino, la Verdad y la Vida debemos seguirle ciegamente, abandonarnos en su voluntad… ver en su cruz y resurrección también nuestro fin último, en su dolor descubrir la gloria de su misión y un reflejo de la nuestra.

Jesús nos llama a seguirle, y Él mismo nos revela la forma: «Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mateo 16, 2). Esta misión no es fácil, seguirle a Él mucho menos, es en extremo dura. Estamos hablando de la persona más influyente de la historia, el líder más grande que ha pisado esta tierra, ese ser humano con naturaleza divina y humana que sintió sed y hambre como nosotros, que cambió el rumbo de la historia no solo cristiana sino de la humanidad, esa persona que tuvo una madre y un padre humanos, quien siendo Dios entró a Jerusalén en un burrito, proclamando justicia, tocando la llaga de la corrupción, entregándose de lleno a los enfermos, ese quien dio una palabra de rectitud y de amor tan intensa que en Jerusalén no lo pudieron aguantar una semana entera porque el mensaje que proclamó fue tan duro, que les causaba aún más miedo que los asesinatos de Barrabás.

Estamos hablando de esa persona que en su momento fue seguida por muchos, pero también rechazada y crucificada por su propio pueblo, que recibió injurias, latigazos, escupidas, burlas, odio, humillación, clavos en sus manos. Que cuando tomó su cruz en el camino al calvario fue totalmente denigrado por su pueblo; es esa la persona que nos mira a los ojos y nos dice: Si quieres seguirme, niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme… Vaya reto.

¿Cómo atendemos nosotros a este llamado? Jesús sigue vivo en cada uno de nosotros, podemos aceptar esa misión acogiendo y haciendo vida su Evangelio, dejando que su fuego de amor nos llene por dentro y nos mueva, recibiéndolo en cuerpo y sangre en la Eucaristía, y estando en gracia. Lastimosamente, es una verdad irrefutable que le damos la espalda y nos alejamos de él por medio del pecado. Quien no da frutos los despilfarra, por lo tanto una vid seca por el pecado es el estado contrario a la vid que da frutos.

Basados en esto, cuando somos presa del pecado clavamos a Jesús en la cruz, nos convertimos en quienes lo negaron y rechazaron, y estamos también dándole la espalda a su misión, que es por consiguiente la nuestra. Aquí no hay intermedios, o se está con Cristo o se está en su contra.

De nuestra condición humana de pecadores nace también la reacción que tenemos como un colectivo ante el llamado de Jesús. La justicia que proclama Jesús es tan dura, tan profunda que así como en su tiempo, nos cuesta asimilarla. Es muy difícil, ya que tenemos las mismas características de la Jerusalén de los tiempos de Jesús. Vivimos en el epicentro de la violencia, de la pobreza, de la injusticia social, de la corrupción a todos los niveles, de una economía dominada por el narcotráfico. Es por la dureza de nuestra sociedad que hemos seguido y seguimos crucificando a quienes llevan la Palabra de Jesús a un impacto social más amplio, con la intención de generar un cambio social.

Un ejemplo de la labor social de Cristo es Monseñor Romero, quien fue una persona que, iluminada por el espíritu, se atrevió a lanzarse por la misión de Jesús. Quizá la persona más influyente de la historia moderna del país centroamericano El Salvador, quien fue asesinado por la intolerancia a la doctrina social de la Iglesia, que proclamaba palabra de justicia, de paz y amor.

Si respondemos a la pregunta inicial con sinceridad, lastimosamente sí volveríamos como sociedad a crucificar a Cristo si viniese hoy, es una característica de nuestra humanidad. Recordemos el pasaje en el que san Pedro en la última cena le dice a Cristo: Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde.» Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.» Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.» (Juan 36-38) …Y así fue.

Este pasaje de la Biblia es clave y podemos analizarlo en base a dos ejes centrales. Primero, el sentimiento de san Pedro y su intención, quien al ver a su Mesías con ojos de amor le ofrece su vida. ¿No habremos sentido nosotros este amor en esta semana santa al ver a Jesús en la cruz, o al velarlo en su entierro? ¿Nos habremos visto en la misma posición de ofrecerle nuestra vida, de llorar y sufrir sus llagas, de prometerle jamás volverle a fallar? Jesús, con su respuesta, nos recuerda que por mucho que lo amemos nuestro amor es imperfecto, y falla, que aunque en nuestras intenciones deseemos jamás fallarle, no somos perfectos ni de naturaleza divina como Él, y nuestro amor en algún momento le va a fallar y lo negará.

De esta negación surge el otro análisis importante. San Pedro nos enseña como seguirle. Al negarle tres veces, san Pedro cae en un llanto profundo y doloroso, sufre su culpa y no se excusa, con arrepentimiento la padece, y son sus propias lágrimas, sin necesidad de palabras, las que piden perdón a Dios. En esto consiste nuestro camino de seguir a Dios. Cuando Jesús nos ve a los ojos desde su cruz y nos da nuestra misión, no espera que seamos perfectos como Él. Espera que con pasión le sigamos, y que de nuestras caídas nos arrepintamos y nos levantemos, que perseveremos en la lucha por amarle cada día más y que evitemos cada ocasión en que lo clavemos en cruz, y cuando lo hagamos, su infinito amor y misericordia nos darán el perdón en nuestro sincero arrepentimiento.

Es necesario ahora tomarnos un tiempo para reflexionar que todo este dolor que sentimos al recordar la pasión de Jesús, todo el sufrimiento que presenciamos en su santo entierro, no será materializado mientras no nos salgamos de nuestra zona de comodidad, mientras no permitamos que Cristo resucite en nosotros, que nosotros seamos quienes asumamos el reto de la cruz desde nuestra condición de humanos, y mientras no dejemos de seguir crucificando a quienes llevan el mensaje de Jesús día a día con sus vidas. Las enseñanzas de la semana santa no terminarán de dar frutos en nuestra vida hasta que no asumamos la misión que se nos es encomendada.

Nuestro reto hoy pasa por ser e identificar. Ser el instrumento de Jesús, verle a los ojos y seguirle con nuestra cruz… “Si no ardo en fuego yo, habrán muchos que pasarán frío”. Jesús nos invita a que sea una misión personal, porque el cambio que nosotros podemos realizar en este mundo no hay persona que lo pueda hacer igual, es un cambio que se necesita, que Jesús en el que sufre lo necesita. Pasa también nuestra misión por identificar y apoyar a quienes, ya sea en nuestro metro cuadrado o a nivel más amplio, actúan en el nombre de Jesús. Apoyemos y difundamos, por ejemplo, la doctrina social de la Iglesia que difundía Monseñor Romero, o las palabras de nuestro Santo Papa Francisco, quien nos exhorta precisamente a eso: a combatir la globalización de la indiferencia y como jóvenes arder en el fuego de Cristo y hacer lío.

En conclusión, al responder esta pregunta, veamos no sólo el rostro de la imagen de Cristo crucificado, sino al pobre, al hermano que sufre y que está junto a nosotros, reconozcamos en él el rostro vivo del sufrimiento de Jesús. Viendo a ese hermano a los ojos asumamos el reto, asumamos la misión, no dejemos que Jesús vuelva a ser asesinado, que no sean nuestras manos las que lo glorifiquen elevando plegarias al cielo pero le den latigazos en la espalda aquí en la tierra. Vivir esa misión al estilo de Jesús, con el ejemplo de san Pedro, cayéndonos y levantándonos, pero en fin viviendo una vida congruente, que cuando ofendamos a Cristo y le fallemos pidamos perdón. Perseverando y ardiendo en el fuego de amor de Cristo, atrevámonos a entregar nuestra vida por Él. Que en esta semana mayor y en todas seamos esa voz de justicia en la tierra, y convirtamos la Palabra de Jesús crucificado y resucitado en un estilo de vida.

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Emilio Rodríguez

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