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“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3, 20)

A Jesús siempre le agrada ser recibido en la casa de sus amigos. La casa de los amigos es para el Señor un lugar de reposo, de compartir y también de consuelo y fortaleza para la prueba que pronto deberá enfrentar en la cruz. También el Señor este día quiere entrar a nuestra casa, si somos verdaderamente amigos del Señor, también encontrará reposo y consuelo antes de su Pascua.

La Semana Santa es una ocasión para compartir con nuestro mejor amigo, Jesús. Para algunos es tiempo de descanso, el cual también es necesario; para otros es de una gran actividad pastoral; muchos tantos lo ven solo como una vacación más en la que puedo alejarme de mis realidades cotidianas.

Como buenos cristianos, no podemos usar la Semana Santa como una excusa para alejarnos de nuestras realidades, sino como la oportunidad perfecta para compartir con el Señor. Dejemos que Jesús entre en la casa de nuestro corazón y arregle lo que tenga que arreglar; dejémonos consolar por Él y consolemos también nosotros a ese Dios tan bueno que se entrega por amor a nosotros.

Este Lunes Santo no solo te asomes a la puerta para ver quién es el que toca a la puerta y esconderte por miedo, vergüenza o desgano. Si ya sabes que el Señor Jesús está allí, tocando a la puerta, queriendo entrar a tu vida, a tu familia y a tu corazón, no lo pienses tanto, toma la mejor decisión y abre las puertas de par en par para que el Señor entre y viva contigo. Como decía San Juan Pablo II “No tengáis miedo de abrir las puertas de tu corazón a Cristo” y agregaba Benedicto XVI “Porque Él no quita nada, Él lo da todo”.

Dile al Señor junto a tu familia y seres queridos: “Ven Jesús, entra a nuestra casa, eres bienvenido como amigo y Señor, descansa con nosotros. Deseamos acompañarte en los misterios de tu pasión, muerte y resurrección, dispón nuestros corazones para ser capaces de entregarnos junto a la cruz contigo. Quédate con nosotros Señor, quédate en esta casa, en esta familia y en nuestros corazones. Amén.”

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Ernesto Martínez

Evangelio según San Juan 12,1-11. 
Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado.
Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:
“¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”.
Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.
Jesús le respondió: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura.
A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre”.
Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado.
Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro,
porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

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