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El P. Alfonso Llano en una de sus columnas dominicales dijo lo siguiente: “Ser católico no es para cobardes, ni para miedosos, ni para personas débiles, ser católico requiere coraje y una profunda experiencia de fe…”. El coraje para ser católico, es la determinación para seguir a Jesucristo, amándole a Él y a la Iglesia, es el compromiso de responder con valor  al Señor cuando Él nos llama a servirle. Hay que decir también que todos somos llamados por Jesús y que este llamado comienza así: Una inquietud de servir a los demás que se siembra en el interior de nosotros los cristianos, quienes, como seguidores de Jesucristo, descubrimos en nuestro caminar que es Dios mismo quien ha colocado ese anhelo en nuestro corazón, anhelo por el cual decidimos salir de lo común y hacer algo extraordinario, “pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2ª Cor. 4, 6).

Incontables veces, muchos de nosotros al presentarse esta oportunidad de servir a los demás como respuesta al llamado divino, sobre todo si somos de esos que se las saben todas de “análisis” y de “la realidad”, respondemos diciendo: “Los tiempos actuales son muy malos como para servir a los demás”… a veces tomamos el arado, pero volvemos nuestra vista atrás o nos enfocamos en lo que falta por hacer más que en el llamado mismo (Lc. 9, 57-62). Y algo que tenemos que saber es que, los tiempos malos son para la gente buena… pero no la gente buena que no hace nada malo, sino la gente buena que hace de su seguimiento de discípulo algo extraordinario, pues es en los tiempos malos que surgen los buenos auténticos cristianos; para muestra un botón, todos los santos de nuestra Iglesia florecieron, no en los momentos de popularidad o de bienestar, sino en los de sufrimiento, rechazo y crisis de fe, porque entendieron que, “en efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna” (2ª Cor. 4, 17).

Científicamente, de manera rápida y general, sabemos que el alto calor transforma el hierro en acero que la enorme presión sobre el carbón hace que se forme un diamante y que el crisol purifica y eleva de valor el oro impuro; la historia sigue también este mismo patrón, produciendo para la cristiandad el “acero en la fe”. Por ejemplo, el siglo XVI, a pesar que para muchos historiadores fue un desastre, lo cierto es que nos ofreció varios frutos de santidad, recordemos por mencionar algunos a San Carlos Borromeo, San Felipe Neri, San Luis Gónzaga,… o un San Jerónimo Emiliani, San Ignacio de Loyola, San Pedro de Alcantara y Santo Tomás Moro… y que decir de las tan amadas Santa Rosa de Lima y Santa Teresa de Jesús.

También el siglo XIX con su racionalismo, ilusionismo y la lucha abierta contra la Iglesia para desprestigiarla, hizo nacer para la cristiandad más Santos que nunca: San Juan Bosco, San Antonio María Claret, San Marcelino Champagnat, Santo Domingo Savio, Santa Bernardette Soubirous, San Juan María Vianey y Santa Teresita del Niño Jesús. Es decir, también nuestros tiempos son, en su correcto sentido, malos y aunque en muchos de nuestros ambientes cristianos no nos veamos sometidos a las pruebas que la Iglesia debió superar en otras épocas, no por eso deja de ser el momento para que la semilla de santidad pueda florecer.

En estos tiempos no necesariamente se ocupa el “fuego” para atacar a la Iglesia, como en otras épocas, sino el “agua”. Se trata de un agua fría que apaga cualquier entusiasmo ardiente de entrega al Señor como servicio a los demás, agua que busca apagar el calor del amor de Dios reflejado en nuestro servicio, agua casi congelada que nos invita a vivir una vida suave, ligera, sin compromisos serios y que insinúa una vida light, como el “café light” que no tranquiliza, que no quita el sueño, ni lo da, que al final no sirve para nada, vida definitivamente tan inhumana porque te encierra en una burbuja llena de soledad.

Esta “agua” nos cae encima no para purificar ni limpiar; tampoco cae con la fuerza de una tormenta, sino como el rocío de la mañana, como con cierta delicadeza, invitándonos a hacer uso de nuestros dones y carismas con lo que bien nos venga en gana, y si no queremos hacer nada, simplemente no lo hacemos. Es cierto que en su amor, Dios nos crea libres, pero ¿cómo no devolver tanta gracia a través de nuestra propia entrega?… “Y todo esto, para vuestro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios” (2ª Cor. 4, 15).

Entonces, los tiempos “malos” son para jóvenes como ¿nosotros?… Sí, jóvenes audaces, que no se dejen asustar ni llevar por los cantos de sirena del mundo, ni impresionar por lo que dice la gente que se dejó vencer por el “agua fría” de la indiferencia; muy al contrario, jóvenes como Samuel que al escuchar el llamado del Señor, se levanten y respondan con fe desde el corazón: “Habla Señor; que tu siervo escucha” (1ª Samuel 3, 10).¡Adelante con la propuesta de ser Sal y Luz en el mundo! (Mt. 5, 13-14), palabras sencillas de Jesucristo pero muy sabias; que con los testimonios de cada uno de nosotros como servicio a los demás y como verdadera vocación de nuestra vida entregada a Dios, la fidelidad a seguir a Cristo como el Verdadero Camino y en la Iglesia como Canal de Gracia, se verá reflejada, cumpliendo así lo que Jesús mismo nos pide: “Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 16).

Prediquemos con hechos y palabras las maravillas que Dios ha hecho en cada uno nosotros y demos prueba que, aunque en estos tiempos caer es más fácil que seguir a Cristo, vale la pena levantarse, mirar al frente y seguirlo. Salgamos de nuestra zona de comodidad y seguridad personal, salgamos de donde nos movemos siempre y recordemos que por la misericordia inmensurable de Dios y su amor inmenso y eterno recibimos dones para dar, y carismas para compartir; sólo tenemos que correr el riesgo y soltarnos a Ser Católicos Verdaderos, vivir cristianamente sin ser solamente “buenos ejemplo” de personas que no hace cosas malas, sino sirviendo a los demás, dispuestos también a transitar caminos difíciles, dejando de aferrarnos a nuestra propia rama, atreviéndonos a volar más alto para Cristo, para que aquellos que no le conocen y desean conocerle, finalmente lo conozcan, lo amen y lo sigan… y lo sirvan, engrandeciendo así el Reino de Dios.

Es hora de, como dijo el Papa Francisco, ser “islas de Misericordia en medio del mar de la Indiferencia”, porque: “No nos pregonamos a nosotros mismos, sino que proclamamos a Cristo Jesús como Señor; y nosotros somos servidores de ustedes por Jesús… Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. Nos sobrevienen pruebas de toda clase, pero no nos desanimamos; estamos entre problemas, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no eliminados; derribados, pero no fuera de combate. Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona” (2ª Cor. 4, 5-10).

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción David López

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8 Comentarios »

  1. Cuando lei este articulo entro directo a mi corazon de tal menera que tranquilizó la tormenta en mi interior y ahora por la gracia de Dios y su inmenso amor seguire a su servicio.Gracias por compartir este hermoso articulo.

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  2. en alguna ocasion mi parroco dijo ” la iglesia catolica es una iglesia sacramental es tiempo de cambiar es tiempo de hacer iglesia” yo creo que muchos catolicos que son solo sacramentales son los primeros en creer en los falsos profetas que con dadivas los conquistan y se rebelan al bautizarse en sectas que no saben ni quien las fundo, en este articulo nos hacen nuevamente un llamado para hacer iglesia nuestra iglesia es la verdadera es la que jesus fundo en galilea y solo nosotros la podremos preservar, hagamos iglesia no solo sacramentos.

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