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“La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías”

(San Juan Pablo II, Redemptoris Mater #21)

Cada Adviento es una oportunidad valiosa de preparación para los corazones cristianos, preparándonos para celebrar el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, levantando nuestra alma hacia el misterio del verbo encarnado que baja del cielo para salvarnos; es tiempo de meditación, de silencio, de espera, de preparación también para la parusía. A diferencia de la Cuaresma, el Adviento nos invita a prepararnos con la alegría que genera la espera de la Navidad, porque Dios ha cumplido su promesa y viene a salvar a su Pueblo, tiempo gozoso que es reflejo del gozo eterno y la esperanza del encuentro del alma con su Salvador.

Lastimosamente el mundo actual por esta época y sobre todo en las grandes ciudades, pareciera ahogar el verdadero sentido del Adviento y rodea los contornos del alma cristiana con consumo desmedido, celebraciones vacías, prisas “navideñas”, adornos y luces… ¿cómo podría un cristiano católico hacer una adecuada preparación en medio de todo esto? ¿Se puede vivir el tiempo de Adviento verdaderamente? En esta ocasión, como Católicos con Acción les invitamos a hacer un alto en el Adviento y volver la mirada hacia la Virgen de Guadalupe, cuya fiesta se celebra precisamente al centro del tiempo del Adviento.

Cada 12 de diciembre, celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre, Patrona y Emperatriz de México y de toda América, Estrella de la Nueva Evangelización, Misionera Celeste del Mundo o como Ella misma se reveló a San Juan Diego: “La Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive”. Ella es verdaderamente la Madre de Dios y nuestra Madre, como tal guía el caminar de la Iglesia, es sobre todo en nuestra época la “Estrella en el Adviento”.

¿Por qué Ella es “Estrella en el Adviento”? Permítanme la comparación desde la fe misma y con mucho amor a Nuestra Señora. Cuando me preparaba para escribir un artículo que hablara sobre nuestra Madre de Guadalupe en esta su fiesta, reflexione sobre el significado del tiempo litúrgico que vivimos y como justo la Providencia Divina quiso que el milagro de las apariciones guadalupanas sucediera en esta época, tiempo que por siglos ha sido para la Iglesia en alguna forma un período de preparación para la Navidad; así mismo, pensar en aquella primera Navidad y en la preparación largamente vivida por el pueblo de Israel para asistir al cumplimiento de la promesa mesiánica, salvación extendida a todos los pueblos.

De acuerdo al relato del Evangelio según San Mateo, unos Magos de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando “¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo” (Mt. 2, 2). Así como aquella estrella apareció en el Oriente para guiar a estos Magos hacia Belén, para poder contemplar al niño Jesús en el pesebre y adorarle (Mt. 2, 9-11), Santa María de Guadalupe aparece en México (y porque no decirlo, en toda América) para, desde entonces, guiar siempre a todo el Continente y al mundo entero hacia su Hijo, para que le adoremos, acompañando nuestro caminar cristiano en esta espera, llevando en su vientre a Jesús, el Salvador del Mundo.

Ante la locura de esta época en nuestras sociedades, este día como a San Juan Diego, Nuestra Señora de Guadalupe nos alienta y nos dice también a cada uno: “¿QUÉ PASA, EL MÁS PEQUEÑO DE MIS HIJOS? ¿A DÓNDE VAS, A DÓNDE TE DIRIGES?”. Esta época siempre es ideal para pensar sobre todo lo vivido a lo largo del año, qué hicimos o qué dejamos de hacer, dar gracias a Dios por sus bendiciones y hacernos propósitos para el nuevo año que está a punto de llegar… “¿A DÓNDE VAS, A DÓNDE TE DIRIGES?”.

Durante el Adviento, toda la liturgia y las lecturas de la Palabra de Dios, nos invitan a “preparar el camino del Señor”, a buscar el rostro de Dios, a estar vigilantes, a enderezar los senderos y esperar la salvación que llega pronto; el Señor viene a salvarnos y quiere vivir con nosotros y en nosotros. En la Virgen de Guadalupe no solo contemplamos el rostro del “Dios con nosotros” (puesto que es su Madre misma), sino que Ella nos lo revela y quiere que hacia Él nos dirijamos: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que YO SOY LA PERFECTA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DEL VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE, EL CREADOR DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN, EL DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA TIERRA, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, EN DONDE LO MOSTRARÉ, LO ENSALZARÉ AL PONERLO DE MANIFIESTO: LO DARÉ A LAS GENTES EN TODO MI AMOR PERSONAL, EN MI MIRADA COMPASIVA, EN MI AUXILIO, EN MI SALVACIÓN…”.

Como Buena Madre que es, no se queda con nada y quiere que al contemplarla a Ella, contemplemos a su Hijo Jesús “el dueño del cielo, el dueño de la Tierra”…. La Virgen de Guadalupe quiere darnos a su Hijo “en todo su amo, en su mirada compasiva”; contempla sus ojos y piensa que al dejarte ver por Ella, te dejas ver por Dios mismo, quien te sostiene y no te abandona. Eso es lo maravilloso del milagro Guadalupano, es como poder contemplar el cielo desde la tierra en un puente edificado por la maternidad divina de Santa María de Guadalupe.

Al contemplar el ayate con la imagen de Nuestra Señora podemos descubrir que son ciertas estas palabras de Ella, quien se nos revela como verdadera Madre, la Virgen de Guadalupe está encinta, su abdomen se observa ligeramente aumentado y algunos expertos coinciden en señalar que se trata de un embarazo ya en su última etapa… Ella nos trae en su vientre al Salvador, al “Dios con nosotros”; de ella nacerá Jesús, nuestro Señor y Salvador. Hay dos detalles en la imagen guadalupana que reconfirman lo anterior: El cinto o moño negro que aparece arriba de su vientre, símbolo que utilizaban las doncellas aztecas para indicar su estado de embarazo; pero también aparece la “flor de cuatro pétalos” sobre su vestido a la altura del vientre, la “Nahui Ollin”, símbolo principal en la imagen que representa la presencia de Dios, la plenitud, el centro del tiempo y del espacio, marca precisamente esta flor el lugar donde se encuentra Nuestro Señor Jesucristo: En el vientre de su Madre.

De hecho la Virgen de Guadalupe esta con su cabeza inclinada como en dirección a su vientre, juntando también sus manos en señal de adoración al Hijo de Dios que lleva en su seno. Verdaderamente Ella nos conduce hacia Jesús, nos lo presenta y nos lo revela, nos enseña sobre todo que debemos amarle y adorarle, pero sobre todo que Él debe ser el centro de nuestra vida. A las puertas de la Navidad, más que preparar cuestiones superficiales, más que hacer ritos externos o dejarnos conducir por la corriente ruidosa de nuestro mundo, dirijamos nuestra mirada a Ella, contemplemos su rostro y pidamos a Santa María de Guadalupe que nos ayude a preparar nuestro interior para recibir a su Hijo, para que Jesús pueda nacer en nuestra alma y corazón, iluminando desde allí toda existencia, toda oscuridad, siendo alegría en medio del sufrimiento, gozo en medio del dolor, luz en medio de las sombras, fortaleza en medio de la debilidad.

Que al contemplar a la Guadalupana dispongamos nuestro corazón como un pesebre vivo en el que Ella, pueda colocar al Salvador recién nacido, porque cuando Jesús nace en un corazón, nunca más la vida puede ser la misma y allí está siempre Ella, nuestra Madre María, contemplándonos con la misma mirada tierna y serena, esa misma mirada que contemplo a Jesús recién nacido en Belén hace 2,000 años, ahora nos es concedida por gracia divina desde el Tepeyac hacia todos los pueblos. Que desde el Tepeyac nos alcance el brillo de Santa María de Guadalupe para iluminar nuestro camino de preparación hacia el Adviento.

Y si en este tiempo o en cualquier instante de nuestra vida, cuando estemos en momentos difíciles, de angustia o de tormento, volvamos nuestra mirada a Ella, escuchemos su dulce voz con las mismas palabras que dirigió a San Juan Diego:

“Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva. ¿no estoy aqui, yo, que soy tu madre? ¿no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿no soy, yo la fuente de tu alegría? ¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?”

¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE! SANTA MARÍA DE GUADALUPE, RUEGA POR NOSOTROS.

Artículo escrito por nuestro colaborador y Católico con Acción Ernesto Martínez

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