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“Antes de que te formaras en el vientre de tu madre, te conocí, antes de que nacieras, te consagré” – Jeremías 1,5

En 1969 M. Chang se desempeñaba como médico internista en el municipio de San Pedro Mashuat en el país centroamericano El Salvador. En aquel entonces había una fuerte política sanitaria que obligaba a los médicos a instruir a las pacientes en programas de planificación familiar, debían entregar píldoras anticonceptivas de dudosa calidad, dispositivos DIU (Dispositivo Intrauterino) y toda la información relacionada al programa de control natal.

Un día de ese mismo año una mujer embarazada de 20 semanas se acercó a su consultorio. Posterior a la consulta, la mujer dedicó unos minutos a lamentarse por la difícil situación económica en la que se encontraba su familia. Después de haberse lamentado lo suficiente para convencerse a sí misma de tener una justificación válida, la madre solicitó encarecidamente al doctor que por favor le practicase un aborto.

Ante esta a petición el doctor se mostró empático con su situación, le preguntó cuántos hijos tenía, ella respondió que 7 hijos, luego le preguntó cuántos años tenía el hijo mayor y ella respondió que 10 años. Seguidamente el Dr. Chang le indicó que por favor regresara el siguiente día a la unidad de salud con su hijo mayor y que con ello resolverían el problema. Le mataría a su hijo mayor.

La mujer muy escandalizada le responde con mucha firmeza que ¡No!, su hijo mayor ¡No!. El doctor le explica que matar a su hijo mayor es más conveniente, porque seguramente es el hijo que más come, mientras que su hijo menor de 20 semanas apenas se alimenta de lo que ella consume. Minutos después, entre el llanto y la preocupación la mujer comprende lo que el médico intentaba decirle: No había diferencia alguna entre matar a su hijo mayor o a su hijo menor aún en gestación. Finalmente la mujer opta por tener a su hijo y agradece al doctor por ayudarla a comprender que ambas vidas son igualmente valiosas.

Esta anécdota nos invita a reflexionar acerca de la libertad de la persona humana y su capacidad de elevarse hacia la contemplación de la verdad revelada por Dios a través de la razón iluminada. Es decir, la madre embarazada descubre por sí misma que es libre de elegir entre el bien y el mal, reconoce que su decisión no está realmente determinada por las circunstancias y que a pesar de todo siempre hay un espacio para escoger el bien sobre el mal.

Esta historia también nos invita a meditar sobre la protección del don de la vida y la actitud pastoral de los cristianos para rechazar el aborto simplemente porque atenta contra un valor supremo.

Juan Pablo II en su encíclica Evangelium Vitae, nº 99 nos instruye así:

Mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto.
Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia Os espera para ofreceros Su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor.

Artículo escrito por nuestra colaboradora y católica con acción Sara Larín

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