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La puerta de la fe que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida

Benedicto XVI, Carta Apostólica “Porta Fidei” 11/Octubre/2011

 

Pareciese que fue hace poco que nuestro querido Papa Emérito Benedicto XVI nos escribió estas hermosas palabras, que no solo se convirtieron en la introducción de su Carta Apostólica “Porta Fidei”, sino también en un resumen precioso de lo que debía significar para todo cristiano el Año de la Fe recién concluido: Cruzar el umbral de este año lleno de gracia y seguir el camino emprendido por toda la vida; el Año de la Fe concluyó, pero más que un fin, para nosotros debe ser un punto de partida, un recomenzar, porque la experiencia de Cristo es siempre real y nueva.

La fe siempre es un punto de partida en la vida del cristiano, en el cual se emprende un camino con destino a la eternidad; sin la fe no sería posible la experiencia de Dios, ni la vida en comunidad; sin la fe la Iglesia sería una simple institución humana y la comunión de los santos simplemente poesía; sin la fe no podríamos experimentar el amor de Dios, ni reflejar el rostro de Cristo al prójimo; sin la fe no hay fraternidad, no hay Iglesia… La fe es la que hace que lo ordinario sea extraordinario porque nos hace capaces de Dios y obtiene para nuestra vida una trascendencia orientada hacia la eternidad, haciéndonos verdaderos hijos de Dios, hermanos entre todos y testigos misioneros de Jesucristo.

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Dice San Pablo en la Carta a los Hebreos 11, 1 que “la fe es garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se puede ver”; una “garantía” es un respaldo a algo o alguien que dota de mayor seguridad al cumplimiento de una obligación o al pago de una deuda; es decir, un ofrecimiento para asegurar que una cosa va a realizarse o que va a suceder. Por otro lado, la certeza es el “conocimiento seguro y evidente de que algo es cierto”. Ambas definiciones nos ayudan a escudriñar aún más la definición paulina de fe citada al inicio de este párrafo, porque en efecto, la fe es nuestra garantía, nuestra seguridad, nuestra certeza.

La garantía, desde la perspectiva humana, puede entenderse en una doble vertiente: Desde la persona que la ofrece para validar la calidad de un producto y desde aquella que la ofrece para asegurar que se cumplirá una promesa u obligación; para entender mejor esto, veamos un par de ejemplos: Cuando tú compras un producto y el vendedor te dice que el mismo posee una garantía de 1 año, te dice en otras palabras que dicho producto no te fallará al menos en 1 año y que si ello sucede, se te reintegrará el valor invertido. Otro ejemplo, si tú haces un préstamo a un banco, este te pedirá una o varias garantías de que vas a pagar el valor que te sea entregado por dicha institución, ya sea porque tienes un trabajo fijo, ya sea porque lo respaldes con algún otro bien de mucho valor que tú poseas.

Pero bueno, no estamos hablando de cuestiones bancarias, laborales o económicas, es solo un par de ejemplos para entender lo siguiente: Nuestra garantía como cristianos no son bienes materiales o períodos temporales, tampoco es una garantía que nosotros tengamos que dar; en realidad nuestra garantía ya ha sido dada por Dios mismo, Él nos regala la fe que nos permite contemplar su amor entregado, personal, incondicional, fiel y eterno, realizado en Jesús, el Hijo de Dios, a quien el Padre entregó como garantía de su promesa de salvación… ¿porqué vale la pena creer? Jesucristo es la respuesta.

Por eso la fe es garantía, porque se espera y se cree para vivir con Dios, o como lo diría Benedicto XVI “La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él”; es una garantía segura, no de un año, sino para toda la eternidad, Dios es fiel y no falla y si tú eres fiel tu premio es la eternidad con Él, porque la fe en sí misma es promesa y garantía de lo prometido. La fe no es un estado o un espacio terrenal y temporal, como nos dijo Papa Francisco a los jóvenes durante la pasada JMJ de Río “nosotros somos el verdadero campo de la fe”, de una fe que “es más fuerte que el frío y que la lluvia”, la fe de Pedro, la fe de la Iglesia, mi fe y ¿tú fe?

Este año de la fe ha sido maravilloso, rico en enseñanza y en vivencia. Yo al menos recordaré siempre los momentos culminantes del final de pontificado de nuestro querido Benedicto XVI y la elección del nuevo Sucesor de Pedro, Papa Francisco, vivencia especialísima porque me hizo darme cuenta que nuestra fe y la Iglesia misma no depende de nuestras meras expectativas humanas, sino de la voluntad del Señor, del Divino Salvador del Mundo; recordaré las enseñanzas de Benedicto XVI y las hermosas homilías diarias de Papa Francisco en Casa Santa Marta; recordaré los gestos de Francisco hacia el prójimo, la cultura del encuentro, el salir a las periferias; recordaré su amor y devoción por María, porque el Papa Francisco nos ha recordado que parte de ser cristianos es no avergonzarnos de nuestra Madre; recordaré la Playa de Copacabana inundada por casi 4 millones de jóvenes reunidos en torno a Jesús Eucaristía y escuchando atentamente al Sucesor de Pedro; recordaré la Jornada Mundial de la Juventud, de cómo a pesar del frío, la lluvia y tantas dificultades, los jóvenes inundamos las calles de Rio de Janeiro y predicamos la alegría de ser cristianos por toda la ciudad; recordaré que pertenezco a una gran familia que se llama Iglesia Católica y que a cualquier lugar de este planeta que yo vaya siempre encontraré a alguien dispuesto a abrir las puertas de su casa, dispuesto a compartir la fe; recordaré que la Providencia de Dios es grande y nunca nos deja solos, que simplemente hay que confiar en Él, nos guía, nos cuida, nos lleva a puerto seguro; recordaré que el servicio engrandece el Reino de Dios cuando se hace con amor; recordaré, hay mucho que recordar.

Pero la clave no está solo en recordar, sino en que este recuerdo nos impulse a seguir adelante, a “remar mar adentro”, a permanecer en y con Jesús, a perseverar en su enseñanza y seguimiento. Haber vivido este año tan intensamente para nosotros los cristianos católicos debe significar una renovación de la alianza con nuestro Dios que tanto nos ama, de que Él sea verdaderamente nuestro Dios y nosotros su Pueblo. Vivimos un tiempo crucial para nuestra Iglesia, así como a los primeros cristianos eran tomados y llevados para ser exhibidos y martirizados por su fe en el circo romano, a nosotros los cristianos católicos de este tiempo también nos toman y nos llevan a las plazas, nos ridiculizan en público, atacan nuestros Templos y nuestros perfiles de facebook son fuente de ataque y censura por defender la fe; tratan de disminuirnos, intentan callarnos, nos relegan y marginan y nuestra opinión nunca será válida mientras seamos cristianos… quieren hacernos adorar otras verdades y se burlan de nosotros por adorar a Aquel que es Camino, Verdad y Vida, por “creer” en Jesús, para muchos, no valemos nada; ¡no podemos dejarnos vencer por el miedo!, el cristiano no es hijo del miedo, es hijo del amor, es hijo de Dios, ánimo, con la frente en alto, cree y proclama lo que dice claramente la 1ª Carta de Juan “EL AMOR VENCE AL MIEDO”.

¿Por qué he de avergonzarme entonces de mi fe? ¡Esta es mi fe, esta es la fe de mi Iglesia, que me glorío de profesar en Cristo nuestro Señor y Salvador! Cruzar el umbral del Año de la Fe es vencer la barrera del miedo, los cristianos tenemos que salir nuevamente a las calles, a las plazas, no quedarnos callados, iluminar todas las áreas de vida, hacer apostolado; salir de nuestras comodidades y seguridades personales para ir al encuentro del Señor, para vivir con Él, para anunciar su palabra, para construir su Reino. Mi vida no puede ser la misma, tengo que ser coherente con mi dignidad de Hijo de Dios y vivir como tal; porque conozco a Cristo, tengo un tesoro singular, guardo su Palabra, descubro su voluntad para mi vida y anuncio la alegría de ser cristiano.

El Año de la Fe terminó, pero la Iglesia sigue su camino y yo debo ir con ella, esperando algún día alcanzar la meta eterna. Hay que ser arriesgados en esto de la fe, dar un pequeño paso puede ser difícil, pero vale la pena seguir a Jesús ¿o no?

Artículo escrito por nuestro colaborador y Católico Con Acción Ernesto Martínez

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