Al otro lado de la tumba catolicos con accion

La sociedad moderna aparentemente omnipotente, tiene un temor demencial a la muerte. Ya que, cuando todas las esperanzas están puestas en este mundo, la hora de la muerte es vista como el momento más trágico de la existencia, todo pierde sentido y las esperanzas mueren, marchitas por la indigencia del hombre. Ante esta situación, aquellos que proclaman a la religión como el opio del pueblo se convierten en un autentico narcótico; ya que para escapar al dramático hecho de la muerte prefieren ocultar su existencia, nadie habla de ello, la muerte se ha vuelto un tabú para la sociedad moderna. Aquellos que hablan de la muerte inmediatamente son acusados de oscurantistas, de medievales; se callan sus voces, para que su clamor no despierte las conciencias adormecidas de una sociedad de consumo.

Pero la idea de una muerte esterilizada e inhumana se ha propagado a gran velocidad, aun en los ambientes eclesiales. Se trata de una muerte subreal, vivida en la inconciencia de un narcototico o en la ignorancia absoluta, como si no estuviera sucediendo nada, como si fuera un acto tan irrelevante como ir de compras, así de superficial, así de repugnante. Ante un religioso o familiar que muere, ninguno se atreve a decirle que está muriendo, nadie se atreve a decirle que debe dejarse andar, que debe dar el paso con confianza y valor. Nadie se atreve a llamar al Sacerdote para que le de la Unción y el Viatico, nadie hace las oraciones para confiar el Alma del moribundo al Señor, alguno ni siquiera se atreven a decir: “que descanse en Paz”, será que ni eso es considerado un bien para el que deja este mundo. Dicen: – Pobrecito, el moribundo se asustara si le dicen que está muriendo, así que le hacen vivir la última misericordia de Dios, engañado y sin saber que está sucediendo.

Por supuesto que cuando le digan que se está muriendo se asustara, porque si la vida se considera un don de Dios, duele perderla; esto es lo más normal del mundo, es parte del drama de la vida. Pero si es una persona de fe, luego reconocerá que ese será el momento más importante de su vida, serán las horas más decisivas, porque en esas horas o en esos minutos se estará jugando todo. Por tanto, se debe preparar para el último combate, para el último esfuerzo, para el último acto de coraje. Ese sentimentalismo patético que pretende ocultar el drama y la belleza de la muerte, es una falsa misericordia que solo pretende evitar todas las complicaciones de acompañar a un hermano en el momento de la muerte y deshumaniza la vida. Aun las personas que están en la misma habitación del moribundo prefieren hablar del clima que pensar en lo que está sucediendo en ese momento, en la lucha que se está desarrollando entre los ángeles y los demonios para ganar el alma del que muere o, más egoístamente, hacerse las preguntas fundamentales sobre que pasara cuando a él le toque estar en el puesto del moribundo. La muerte es una lucha en que el cristiano y cualquier persona que muere están involucrados en primera persona. Ante la falsa misericordia moderna yo opto por el cinismo. Es decir, pobrecito el que muere sin saber que está muriendo, desgraciado el que muere creyendo que seguirá viviendo, porque no ha tenido la oportunidad de tomar la última decisión de su vida.

Pensar en la muerte no es una especie de masoquismo, sino que es el mejor remedio para vivir esta vida terrena con coherencia y sabiendo que somos seres indigentes que un día ya no estaremos en este mundo; por lo que debemos aprovechar nuestro tiempo y vivirlo como una vocación de servicio. Si pudiera hacer mi testamento pediría en él: no morir en la habitación impersonal de un hospital; que si se compadecen de mi situación de moribundo que me digan con claridad que me estoy muriendo, que me dejen vivir los últimos minutos de mi vida terrena consiente y sabiendo que entro en la última lucha de mi vida en este mundo. Que los que me acompañen en este tránsito, miren mi rostro y se cuestionen sobre sus vidas; que no evadan las preguntas importantes hablando del clima. Que me ayuden con sus oraciones para que el paso hacia la “casa del Padre” sea guiado por los ángeles y los santos. Porque al final de cuentas de este mundo me llevare mis buenas obras, el amor de mi familia y esas ultimas oraciones. Todo lo demás, será comida para los gusanos. Cuando muera, quiero morir sínicamente, renunciando a esa patética misericordia de la sociedad moderna que trata de ocultar el hecho fundamental de la muerte.

Artículo escrito por nuestro colaborador y Católico con Acción Padre Carlos Chavarría

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1 Comentario »

  1. En el mundo nuestra vida vive de desafios y afronterlo asta el momento y fin de nuestra vida es nuestra mision con todos los seres vivos incluyendo a todo los integrantes de s familias no importando nuestro nivel ecomico todos somos hijos de nuestro señor dios divino amén amén amén amén a todos

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